Etiqueta: política española

  • Las dos Españas: el muro, la memoria y un país que vuelve a mirarse de reojo

    Las dos Españas: el muro, la memoria y un país que vuelve a mirarse de reojo

    Hay algo extraño en la España de hoy. Tenemos una democracia consolidada, casi medio siglo de Constitución y una generación entera que nació después de la Transición. Y, sin embargo, cada vez resulta más frecuente escuchar el mismo vocabulario de enfrentamiento que creíamos enterrado: fascistas, rojos, franquistas, golpistas, ultras, traidores. Hemos cambiado las trincheras por las redes sociales, pero seguimos teniendo una preocupante afición por dividir el país en dos.

    Antonio Machado lo dejó escrito hace casi un siglo:

    “Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

    Fotografía en blanco y negro de Antonio Machado, poeta español vinculado a la reflexión sobre las dos Españas

    No podía imaginar que sus versos seguirían apareciendo en artículos de opinión, tertulias y redes sociales tantas décadas después. Tampoco podía imaginar que aquella España que él veía enfrentada terminaría llevándolo todo hasta el extremo de una guerra.

    Nosotros sí sabemos cómo terminó aquello.

    Y quizá por eso deberíamos tener más cuidado cuando jugamos otra vez a las dos Españas.

    Un país que aprendió a pactar

    La Transición tuvo muchas sombras. No hace falta convertirla en una época idílica para reconocer lo esencial: después de décadas de enfrentamiento, los españoles consiguieron hacer algo bastante poco habitual en política.

    Se sentaron juntos.

    No porque se quisieran especialmente. Ni porque hubieran descubierto de repente que sus programas eran idénticos. Los separaban demasiadas cosas. Pero entendieron que había una cuestión por encima de todas ellas: si cada uno pretendía imponer su España al resto, España volvería a tener un problema.

    Fotografía histórica en blanco y negro de políticos españoles firmando los Pactos de la Moncloa en 1977, reunidos alrededor de una mesa examinando documentos.

    El resultado fue la Constitución de 1978.

    Hoy parece casi ingenuo aquello de negociar, ceder y buscar un punto intermedio. En la política actual, ceder ante el adversario puede ser presentado como una traición. Pactar con el contrario puede convertirse en una fotografía incómoda para las redes sociales. Reconocer que el otro tiene parte de razón parece, directamente, una debilidad.

    Aquellos políticos, con todos sus defectos, tenían bastante claro algo que nosotros estamos olvidando: después de las elecciones hay que seguir viviendo juntos.

    Quizá esa sea una de las grandes diferencias entre aquella España y esta.

    Del consenso al muro

    Pedro Sánchez utilizó en su discurso de investidura de noviembre de 2023 una imagen que no pasó precisamente desapercibida: la construcción de un “muro” frente a la derecha y Vox.

    La metáfora tenía intención política y electoral. Es evidente.

    Pero las metáforas tienen la mala costumbre de explicar más de lo que quienes las utilizan pretenden.

    Un muro separa.

    Y España lleva demasiados años levantando pequeños muros.

    Unos contra otros.

    Unos porque consideran que la derecha amenaza la democracia. Otros porque consideran que la izquierda amenaza la unidad nacional. Unos ven fascistas detrás de cada bandera española. Otros ven comunistas detrás de cada pancarta sindical.

    Y en medio queda el ciudadano, que muchas veces no sabe muy bien cómo ha terminado siendo sospechoso por votar a un partido determinado.

    Lo curioso es que aquel “muro” fue presentado como un muro para defender la convivencia.

    Quizá aquí haya una contradicción que merezca algo más de reflexión.

    La convivencia consiste precisamente en convivir con quien no piensa como tú.

    Si solamente convivimos con los nuestros, eso no es convivencia. Es una urbanización cerrada.

    La Guerra Civil como argumento electoral

    Hay otro asunto que me preocupa todavía más.

    España tiene una relación complicada con su pasado. No es extraño. La Guerra Civil dejó demasiadas heridas, demasiadas familias divididas y demasiados muertos.

    Hay que recordar aquello.

    Por supuesto.

    Pero recordar no significa convertir cada discusión política actual en una continuación simbólica de 1936.

    Fotografía histórica en blanco y negro de mujeres, niños y familias evacuadas caminando por la calle cargando cestas y mantas durante la Guerra Civil Española.

    Y ahí es donde creo que estamos cometiendo un error.

    Cada vez que aparece una cuestión especialmente incómoda, alguien rescata la Guerra Civil. Si la derecha avanza, aparece Franco. Si Vox obtiene un buen resultado, se habla de fascismo. Si alguien cuestiona una política de inmigración, rápidamente aparece la acusación de xenofobia. Y si alguien critica determinadas políticas de la izquierda, tampoco es raro que se le coloque una etiqueta ideológica antes incluso de escuchar su argumento.

    El pasado se convierte así en una especie de comodín.

    Y eso tiene una consecuencia bastante perversa: los ciudadanos terminan discutiendo sobre muertos de hace noventa años mientras tienen delante problemas que necesitan respuestas para mañana:

    La vivienda, el precio de la energía los salarios la seguridad, la educación, la sanidad, entre otros.

    Asuntos bastante menos épicos que Franco, pero que afectan bastante más a la vida de un ciudadano que tiene que pagar el alquiler a final de mes.

    El miedo siempre ha funcionado

    Hay algo que la política sabe desde hace siglos: el miedo moviliza.

    Decirle a alguien que el adversario es malo funciona mucho mejor que explicarle un programa de 150 páginas.

    • “Si gobiernan ellos, perderemos nuestros derechos”.
    • “Si gobiernan ellos, desaparecerá España”.
    • “Si gobierna la derecha, volverá el franquismo”.
    • “Si gobierna la izquierda, acabaremos en una dictadura”.

    Cambian los protagonistas, pero el mecanismo es el mismo.

    El problema es que, cuando se utiliza el miedo constantemente, llega un momento en que una parte de la sociedad deja de creérselo.

    Y puede ocurrir algo todavía peor para quien lo utiliza: que el ciudadano vote precisamente contra quien lleva años diciéndole a quién debe tener miedo.

    Quizá parte del crecimiento de determinadas opciones políticas en Europa tenga algo que ver con esto.

    No necesariamente porque millones de europeos se hayan vuelto fascistas de la noche a la mañana. Sería una explicación demasiado cómoda.

    Puede que haya personas preocupadas por la inmigración, por la seguridad, por la vivienda o por la pérdida de poder adquisitivo que simplemente hayan dejado de encontrar respuestas convincentes en los partidos tradicionales.

    Y cuando una preocupación no encuentra una respuesta, termina encontrando un voto.

    La derecha crece. La izquierda debería preguntarse por qué.

    Este es probablemente uno de los asuntos que más cuesta discutir con serenidad.

    La derecha ha ganado terreno en numerosos países europeos. También lo han hecho partidos que se sitúan más a la derecha de los conservadores tradicionales.

    Podemos discutir si sus propuestas son buenas o malas.

    Podemos considerar que algunas son directamente inaceptables.

    Lo que no parece demasiado inteligente es fingir que el fenómeno no existe o reducirlo todo a que los ciudadanos se han vuelto extremistas.

    Porque entonces desaparece la pregunta verdaderamente interesante:

    ¿por qué están creciendo?

    Quizá haya varias respuestas.

    El rechazo a determinadas políticas migratorias. El cansancio con ciertas políticas identitarias. La inseguridad percibida. La sensación de que las élites políticas viven alejadas de determinados problemas. La dificultad para acceder a una vivienda. El hartazgo ante determinados casos de corrupción. O simplemente el deseo de castigar al partido que gobierna.

    No hace falta compartir esas razones para reconocerlas.

    Y tampoco hace falta aceptar el programa de Vox para entender por qué alguien puede terminar votándolo.

    La política debería empezar por ahí: intentando entender al ciudadano antes de insultarlo.

    El problema del «buenismo»

    También convendría hablar de una palabra que la izquierda suele rechazar y la derecha utiliza con demasiada alegría: “buenismo”.

    No toda política de solidaridad es buenismo. No toda defensa de los inmigrantes es ingenuidad. Y no todo aquel que reclama una política migratoria más estricta es racista.

    La realidad, como casi siempre, está en medio.

    • Se puede defender la inmigración legal y pedir controles más eficaces.
    • Se puede defender la acogida y admitir que un Estado tiene una capacidad limitada.
    • Se puede defender la igualdad y cuestionar determinadas políticas.
    • Se puede exigir seguridad sin convertirse en fascista.

    Parece evidente.

    Sin embargo, últimamente hay que repetirlo demasiado.

    Y cuando una persona siente que no puede expresar una preocupación sin ser etiquetada, termina buscando a alguien que sí quiera escucharla.

    A veces ese alguien está en la derecha.

    Y quizá ahí exista una de las razones que explican el desplazamiento electoral que estamos viendo.

    No la única. Probablemente ni siquiera la principal.

    Pero sí una que merece ser discutida sin levantar inmediatamente otra trinchera.

    Las nuevas trincheras están en el teléfono

    Hay algo que diferencia nuestra polarización de la de nuestros abuelos.

    Nosotros tenemos redes sociales. Ellos tenían trincheras.

    Puede parecer una comparación exagerada. Evidentemente lo es si se interpreta literalmente. No estamos en 1936.

    Pero hay una semejanza inquietante: cada bando puede vivir hoy en su propio ecosistema.

    Ilustración vectorial conceptual de dos figuras en tonos azul y rojo enredadas entre sí mientras miran enfadadas las pantallas de sus teléfonos móviles.

    Unos reciben continuamente vídeos, titulares y comentarios que confirman que la derecha es el gran problema de España.

    Otros reciben exactamente lo contrario.

    Cada uno tiene sus periodistas, sus influencers, sus tertulianos y sus enemigos favoritos.

    Y todos tienen pruebas de que los otros son los culpables de todo.

    El algoritmo, mientras tanto, sonríe.

    Porque el enfado genera visitas.

    Y las visitas generan dinero.

    Quizá por eso una discusión tranquila tenga hoy mucho menos éxito que un buen insulto.

    Unamuno tenía una frase para esto

    Miguel de Unamuno pronunció en 1936 una de las frases más conocidas de nuestra historia política:

    “Venceréis, pero no convenceréis.”

    Más allá de las circunstancias concretas del episodio, la frase conserva una fuerza extraordinaria.

    Porque una democracia no debería aspirar simplemente a vencer.

    Debería aspirar a convencer.

    Y si no consigue convencer, al menos debería conseguir que el que pierde pueda aceptar el resultado sin sentir que ha sido expulsado de su propio país.

    Esto último es importante.

    Porque una cosa es perder unas elecciones.

    Y otra muy diferente es escuchar durante cuatro años que eres parte del problema por haber votado diferente.

    Eso termina pasando factura.

    Quizá las dos Españas no hayan desaparecido nunca

    Tal vez hemos sido demasiado optimistas.

    Pensamos que la Transición había resuelto definitivamente el problema de las dos Españas.

    Probablemente no.

    Lo que hizo fue algo más realista: creó un marco para que esas dos Españas pudieran vivir juntas.

    La diferencia es enorme.

    Porque una sociedad plural nunca va a pensar igual.

    Lo importante es que no necesite pensar igual para convivir.

    El problema actual no es que existan izquierda y derecha. Eso es normal en una democracia.

    El problema es que cada vez resulta más frecuente que una parte de la sociedad considere ilegítima a la otra.

    Y eso sí debería preocuparnos.

    Porque cuando el adversario deja de ser legítimo, cualquier cosa empieza a parecer justificable.

    Ilustración realista de ciudadanos españoles —un jubilado, una joven, un obrero y personas con símbolos políticos— construyendo juntos un puente sobre una gran grieta, con la frase "No tenemos que pensar igual para volver a encontrarnos".

    Todavía estamos a tiempo

    La buena noticia es que no necesitamos otra Transición. No necesitamos empezar de cero. Tenemos una Constitución, instituciones democráticas y casi cincuenta años de experiencia.

    Lo que quizá necesitamos es recuperar algo mucho más sencillo: la costumbre de escuchar:

    • Escuchar a quien vota diferente.
    • Aceptar que la izquierda puede equivocarse.
    • Aceptar que la derecha también.
    • Admitir que Vox puede tener razón en alguna cuestión sin convertirse por ello en un votante de Vox.
    • Reconocer que el PSOE puede hacer algo bien sin convertirse por ello en socialista.
    • Y entender que un ciudadano puede cambiar de voto sin que haya cambiado de nacionalidad, de dignidad ni de derecho a opinar.

    Puede parecer poco., pero en la España actual, casi parece revolucionario.

    No necesitamos que desaparezcan las dos Españas. Necesitamos que dejen de comportarse como si solamente una tuviera derecho a existir.

    Porque España no es del PSOE, ni del PP, ni de Vox, ni de Sumar, ni de ningún otro partido.

    España es también de quien vota en blanco, de quien cambia de voto, de quien no vota y, sobre todo, de quien vota exactamente lo contrario que nosotros.

    Y quizá esa sea la parte que más nos cuesta aceptar.

    Machado hablaba de las dos Españas que podían helarnos el corazón.

    Casi cien años después tenemos una oportunidad bastante más sencilla que la que tuvieron nuestros abuelos.

    No tenemos que hacer la paz después de una guerra.

    Solo tenemos que dejar de comportarnos como si estuviéramos en una.

    Y ahora la pregunta es para ustedes

    ¿Creen que España está entrando en una etapa de polarización difícil de revertir?

    ¿Estamos utilizando demasiado la Guerra Civil y el franquismo para explicar problemas del presente?

    ¿El discurso del miedo hacia la derecha está provocando precisamente el efecto contrario y empujando a algunos ciudadanos hacia ella?

    ¿Existe realmente un “buenismo” que no está sabiendo escuchar determinadas preocupaciones sociales?

    ¿O estamos exagerando el problema y la democracia española es mucho más sólida de lo que algunos quieren hacernos creer?

    Y, sobre todo:

    ¿Seremos capaces de volver a discrepar sin convertirnos en enemigos?

    Quizá esa sea hoy la verdadera prueba de madurez de la sociedad española.

    Y quizá la respuesta no tengan que darla los políticos.

    La tenemos que dar nosotros.

  • Ceuta y el espejo incómodo de Raspail: cuando la realidad empieza a parecerse demasiado a la ficción

    Ceuta y el espejo incómodo de Raspail: cuando la realidad empieza a parecerse demasiado a la ficción

    Hay novelas que envejecen. Otras se convierten en clásicos. Y algunas, para desgracia de quienes preferirían que la realidad obedeciera dócilmente a sus consignas, empiezan a parecerse peligrosamente a una crónica anticipada.

    El campamento de los santos, la polémica novela de Jean Raspail, publicada en 1973, pertenece a esa última categoría. Durante décadas fue presentada como una obra maldita, reaccionaria, incómoda o directamente xenófoba. Y, sin embargo, más de medio siglo después, resulta difícil leerla sin reconocer que algunas de las preguntas que plantea siguen perfectamente vivas.

    Después llegó Michel Houellebecq con Sumisión, publicada en 2015. Otra novela incómoda. Otra provocación. Otro espejo que muchos prefirieron romper antes que detenerse a mirar qué demonios estaba reflejando.

    Pero si algo resulta verdaderamente inquietante hoy es que es imposible leer a Raspail y no ver, entre sus páginas, algo de Ceuta.

    Y también de Marruecos.

    Y de cierta prensa especialmente afinada con el Gobierno.

    Y de Pedro Sánchez.

    Y del PSOE.

    Y de la Cruz Roja.

    Y, sobre todo, de los ceutíes.

    Leer a Raspail y encontrarse con Ceuta

    Conviene dejar algo claro antes de que aparezca el habitual comité de vigilancia moral dispuesto a repartir certificados de humanidad: cuestionar una entrada masiva, desordenada o utilizada como instrumento de presión política no significa estar en contra de la inmigración como fenómeno humano.

    La inmigración existe, ha existido siempre y seguirá existiendo. Hay personas que huyen de guerras, pobreza, persecución o simplemente buscan una vida mejor. Negar esa realidad sería tan absurdo como cruel.

    Pero una cosa es defender una inmigración legal, ordenada, regulada y compatible con la capacidad de acogida e integración de una sociedad.

    Y otra muy distinta es pretender que cualquier entrada irregular, cualquier llegada masiva o cualquier episodio de presión fronteriza debe ser recibido con aplausos, fotografías, abrazos institucionales y una acusación automática de xenofobia contra quien se atreva a preguntar qué está ocurriendo.

    Porque entonces ya no estamos hablando de solidaridad.

    Estamos hablando de la renuncia a gobernar.

    Y Ceuta sabe perfectamente de qué hablamos.

    Un libro antiguo abierto sobre una mesa de madera muestra en sus páginas un grabado del perfil de Ceuta, la valla fronteriza con concertinas y el mar. En la parte superior se lee la frase "Las novelas pueden cerrarse. Las fronteras hay que gobernarlas." Al fondo reposan otros libros antiguos, uno de ellos con el título "Sumisión" de Michel Houellebecq.

    Resulta imposible recorrer hoy las páginas de El campamento de los santos sin que aparezcan, inevitablemente, imágenes de una ciudad española situada en la frontera sur de Europa y sometida periódicamente a una presión que, en determinados momentos, deja de parecer un fenómeno migratorio ordinario para convertirse en algo mucho más parecido a una operación de presión organizada desde el otro lado de la frontera.

    Porque el problema de Ceuta no es la existencia de inmigrantes.

    El problema es qué ocurre cuando Marruecos convierte la frontera en una herramienta política y miles de personas terminan entrando o intentando entrar en territorio español en un contexto que difícilmente puede analizarse como si fuera simplemente una sucesión espontánea de decisiones individuales.

    Y ahí es donde las palabras importan. Porque llamar a todo «crisis migratoria» puede resultar muy cómodo.

    Especialmente si así evitamos pronunciar otras palabras bastante más incómodas: presión, instrumentalización o invasión de facto.

    No una invasión en el sentido racial o civilizatorio que algunos querrán atribuir inmediatamente a quien utilice el término. No.

    Una invasión entendida como lo que puede ser: la entrada masiva e irregular de miles de personas en territorio de otro país en un contexto de presión fronteriza permitida, facilitada o utilizada políticamente.

    Y resulta difícil discutir que Ceuta ha vivido episodios que se acercan peligrosamente a esa definición.

    Los ceutíes, bombardeados desde la distancia

    Pero quizá lo más insoportable de todo no sea únicamente la presión que llega desde el otro lado de la frontera.

    Quizá lo más irritante sea observar cómo, desde Madrid y desde determinados medios de comunicación, se pretende explicar a los ceutíes cómo deben sentirse.

    Porque hay algo extraordinariamente cómodo en hablar de solidaridad desde un despacho situado a cientos de kilómetros de una frontera.

    Es fácil pedir empatía cuando la presión no afecta a tu barrio.

    Es sencillo reclamar humanidad cuando tus colegios no tienen que absorber el impacto.

    Es muy noble pronunciar grandes discursos cuando tus servicios públicos no son los que tienen que responder a una situación de emergencia.

    Y es especialmente confortable acusar de insolidario a quien vive las consecuencias desde la distancia de un plató.

    Los ceutíes parecen condenados a una extraña forma de pedagogía institucional: recibir el problema, soportar sus consecuencias y, además, aceptar la lección moral de quienes no tienen que vivirlo.

    Todo ello, por supuesto, en nombre de la empatía y la solidaridad.

    Una empatía que, curiosamente, parece funcionar siempre en una única dirección.

    Porque la solidaridad exige recursos.

    Exige planificación.

    Exige seguridad.

    Exige coordinación.

    Exige capacidad de acogida.

    Y exige, sobre todo, que el Estado no abandone a sus propios ciudadanos mientras les explica que deben sentirse culpables por preocuparse.

    Los ceutíes no son enemigos de nadie.

    No son racistas por definición.

    No son xenófobos porque quieran fronteras.

    Son ciudadanos españoles que viven en una ciudad especialmente vulnerable y que tienen derecho a exigir que su Gobierno proteja su seguridad, sus recursos y su convivencia.

    Lo contrario no es solidaridad.

    Es utilizar la superioridad moral como sustituto de la política.

    El Gobierno, más preocupado por el relato que por la frontera

    Y entonces aparece el Gobierno.

    O, más concretamente, aparece su capacidad casi sobrenatural para transformar cualquier crisis en una cuestión de relato.

    Porque ante determinados episodios ocurridos en Ceuta, la prioridad parece no ser siempre responder a una pregunta elemental:

    ¿Cómo ha sido posible que miles de personas puedan ejercer semejante presión sobre territorio español?

    No.

    Antes hay que construir el relato.

    Hay que seleccionar cuidadosamente las imágenes.

    Hay que encontrar la emoción correcta.

    Hay que decidir qué términos pueden utilizarse y cuáles deben ser inmediatamente condenados.

    Y, por supuesto, hay que vigilar que nadie saque una conclusión políticamente incorrecta.

    Mientras tanto, Ceuta continúa siendo Ceuta.

    Con sus calles.

    Con sus vecinos.

    Con sus recursos limitados.

    Con sus problemas sanitarios y de seguridad cuando se producen situaciones de desbordamiento.

    Con una convivencia delicada que no se protege con consignas.

    Y con ciudadanos que tienen la desagradable costumbre de preguntarse quién está defendiendo realmente sus intereses.

    Porque da la sensación de que, en ocasiones, el Gobierno parece sentirse más incómodo ante la crítica de los invasores de la frontera que ante la indignación de los ciudadanos que viven dentro de ella.

    Y esa sensación, justa o injusta, es precisamente lo que un Gobierno responsable debería evitar.

    Pero para eso habría que gobernar el problema.

    Y no limitarse a administrarlo mediáticamente.

    La prensa afin y el manual de instrucciones

    Después está el papel de cierta prensa especialmente afinada con el Gobierno.

    Ese curioso periodismo que, dependiendo de quién esté en La Moncloa, descubre que las fronteras son una construcción moral, que las preguntas incómodas son sospechosas y que cualquier preocupación ciudadana puede esconder una oscura pulsión reaccionaria.

    La frontera puede estar siendo sometida a una presión extraordinaria.

    La ciudad puede estar desbordada.

    Los vecinos pueden mostrar preocupación.

    Las instituciones locales pueden reclamar medios.

    Pero siempre habrá quien considere que el verdadero problema es el lenguaje utilizado por quienes describen lo que está ocurriendo.

    El edificio puede estar ardiendo. Pero, por favor, no digan «fuego» con tono alarmista. No vaya a ser que alguien se sienta ofendido.

    Ese es, en cierta manera, uno de los grandes paralelismos con el universo de Raspail: la obsesión por controlar moralmente el debate antes que resolver materialmente el problema.

    Primero se decide qué se puede pensar. Después ya veremos qué hacemos con la realidad.

    Si es que queda algo por hacer.

    La Cruz Roja y la frontera de la solidaridad

    Y en medio de todo aparece también la Cruz Roja, realizando una labor humanitaria que resulta imprescindible cuando hay personas necesitadas de atención.

    Conviene decirlo sin ambigüedades: atender a una persona herida, agotada, enferma o en situación de vulnerabilidad no convierte a nadie en responsable de la situación que la ha llevado hasta allí.

    La ayuda humanitaria no es el problema.

    Nunca debería serlo.

    Fotografía documental en la zona de recepción de Ceuta. En primer plano, una voluntaria de la Cruz Roja con chaleco rojo atiende la mano de un joven migrante envuelto en una manta gris, mientras un sanitario con pijama azul revisa a un hombre mayor. Al fondo se observa una carpa de la Cruz Roja, ambulancias, cajas de agua y comida, y más personas recibiendo mantas térmicas y auxilio.

    El problema aparece cuando determinadas imágenes, discursos o campañas parecen utilizar la inevitable dimensión humana de una crisis para impedir cualquier debate sobre cómo y por qué se ha producido esa crisis.

    Una persona que necesita ayuda debe recibirla.

    Eso no significa que el Estado deba renunciar a proteger sus fronteras.

    Un menor necesita protección.

    Eso tampoco significa que pueda ignorarse quién ha permitido, facilitado o utilizado su llegada.

    La solidaridad y el control fronterizo no son conceptos incompatibles.

    Sólo lo parecen para quienes necesitan que el debate sea siempre un combate entre santos y monstruos.

    Y precisamente ahí es donde el título de Raspail adquiere una ironía particularmente incómoda.

    Porque parece que, para algunos, sólo existen dos posiciones posibles: abrirlo todo o ser un miserable.

    Humanidad o fronteras.

    Solidaridad o seguridad.

    Compasión o supervivencia.

    Como si una sociedad adulta fuera incapaz de defender simultáneamente ambas cosas.

    Donde Raspail se quedó corto: el presidente de vacaciones

    Pero hay un punto en el que El campamento de los santos se queda sorprendentemente corta.

    Y es en el personaje del presidente.

    Fotografía conceptual en una playa de arena negra en Lanzarote. En primer plano, el presidente del gobierno de espaldas descansando en una tumbona bajo una sombrilla de rayas, sosteniendo un periódico y un teléfono inteligente. Al fondo, sobre el agua del mar, hay una gran pantalla publicitaria que emite noticias en directo con imágenes de migrantes cruzando la valla fronteriza de Ceuta entre columnas de humo.

    Ni siquiera en sus peores fantasías literarias pudo probablemente imaginar Jean Raspail una escena como la que ofrece la política contemporánea: un presidente que puede irse de vacaciones mientras miles de inmigrantes ilegales desembarcan o intentan desembarcar en su país, ocupando y desbordando una de sus ciudades, sumiéndola en el caos y obligando a desplegar todos los recursos disponibles.

    Porque la ficción tiene límites. La política moderna, al parecer, no.

    Raspail imaginó dirigentes paralizados. Políticos incapaces de tomar decisiones. Elites más preocupadas por parecer virtuosas que por ejercer sus responsabilidades.

    Pero quizá ni él habría imaginado que el máximo responsable político de un país pudiera asistir al espectáculo desde la distancia vacacional mientras una de sus fronteras se convierte en escenario de una crisis.

    Eso sí sería demasiado inverosímil.

    Demasiado exagerado.

    Demasiado propio de una novela.

    Y, sin embargo, ahí está la realidad, empeñada una vez más en superar a la sátira.

    Porque hay algo profundamente revelador en el mensaje que recibe una ciudad cuando sus ciudadanos observan que su problema es tratado como una incidencia periférica mientras el presidente continúa con su agenda estival.

    El mensaje, aunque nadie lo pronuncie, acaba siendo inevitable:

    Ceuta puede esperar.

    Y eso es precisamente lo que Ceuta no debería aceptar.

    Marruecos no es un fenómeno meteorológico

    Otro de los problemas del debate consiste en presentar la presión fronteriza como si fuera una tormenta.

    Llueve.

    Sale el sol.

    Hay oleaje.

    Y, de repente, miles de personas aparecen intentando cruzar una frontera.

    Como si Marruecos fuera un accidente geográfico y no un Estado con intereses propios.

    Pero Marruecos tiene política exterior.

    Tiene estrategia.

    Tiene intereses territoriales.

    Y sabe perfectamente que Ceuta y Melilla forman parte de una relación bilateral extraordinariamente sensible.

    Por eso resulta difícil aceptar que cada episodio de presión pueda explicarse únicamente con palabras como pobreza, desesperación o migración.

    Todo eso puede existir.

    Ilustración en un libro abierto dividida en tres paneles: a la izquierda, una multitud caminando con el cartel "HACIA EUROPA"; en el centro, la frontera y el mapa de Ceuta con vehículos de emergencia; a la derecha, autoridades y portavoces dando una rueda de prensa ante los medios.

    Por supuesto.

    Pero la dimensión humana no elimina la dimensión política.

    Precisamente lo contrario: puede ser utilizada políticamente.

    Y cuando un Estado permite que seres humanos se conviertan en instrumentos de presión, el problema no desaparece porque los medios decidan centrar exclusivamente la cámara sobre el rostro más dramático.

    La persona merece atención.

    La política merece análisis.

    Y el Estado español tiene derecho —y obligación— de defender su territorio.

    Eso no es racismo.

    Eso se llama soberanía.

    Ceuta no es un plató para la superioridad moral

    La gran tragedia de Ceuta es que demasiadas veces se habla de ella sin escucharla.

    Se habla sobre Ceuta. Pero no siempre con Ceuta.

    Se utiliza su frontera para discursos nacionales. Sus crisis para batallas partidistas. Sus imágenes para construir relatos. Sus ciudadanos para demostrar que uno es más humano que el adversario.

    Y después, cuando desaparecen las cámaras, Ceuta sigue allí.

    Con el mismo problema. Con la misma frontera. Con los mismos vecinos.

    Y con la misma sensación de que, cuando las cosas se complican, el resto de España descubre durante unas horas que existe una ciudad en el norte de África.

    Luego llega otro asunto.

    Otro escándalo.

    Otra campaña.

    Y Ceuta vuelve a su lugar habitual: el margen de la conversación.

    Hasta la próxima crisis.

    Hasta el próximo salto.

    Hasta la próxima entrada masiva.

    Hasta que alguien vuelva a descubrir que las fronteras, por mucho que incomoden ideológicamente, siguen existiendo.

    La pregunta que nadie quiere responder

    Quizá por eso El campamento de los santos sigue siendo una novela incómoda.

    No porque deba ser interpretada como una profecía.

    No porque su visión extrema tenga que convertirse en un programa político.

    Y tampoco porque la inmigración sea una amenaza por definición.

    Sería absurdo.

    La pregunta que plantea Raspail es otra: ¿qué ocurre cuando una sociedad pierde la capacidad de establecer límites porque teme que cualquier límite sea considerado inmoral?

    Ceuta conoce bien esa pregunta.

    La conoce porque vive donde la frontera no es una teoría universitaria.

    Es una realidad.

    Una valla.

    Una playa.

    Una carretera.

    Un puesto fronterizo.

    Una presión diplomática.

    Y miles de ciudadanos que tienen derecho a que su Gobierno no los convierta en daño colateral de una estrategia basada en la imagen y la corrección política.

    La solidaridad es necesaria.

    La inmigración regulada también puede ser necesaria.

    La ayuda humanitaria es imprescindible.

    Pero ninguna de esas afirmaciones obliga a aceptar que una ciudad española pueda ser sometida periódicamente a una presión masiva sin que el Estado responda con la contundencia política, diplomática y operativa que merece.

    Porque ayudar a quien lo necesita no significa entregar la llave de casa.

    Y defender la puerta de casa no significa odiar a quien llama.

    Ese es el debate que demasiados prefieren evitar.

    Y quizá por eso resulta tan difícil leer hoy El campamento de los santos sin encontrar, escondidos entre sus páginas, a Ceuta, a Marruecos, a los medios afinados, al Gobierno, al PSOE, a Pedro Sánchez, a las organizaciones humanitarias y, sobre todo, a los ceutíes.

    A los ceutíes, siempre a los ceutíes.

    Los que viven allí.

    Los que reciben el golpe.

    Los que soportan la presión.

    Y los que, además, tienen que escuchar desde la distancia que quizá deberían sentirse afortunados de estar dando una lección de solidaridad.

    La cuestión es sencilla.

    La solidaridad no puede consistir en exigir siempre el sacrificio de los mismos.

    Y Ceuta lleva demasiado tiempo pagando la factura.

    Bibliografía
    — Jean Raspail, El campamento de los santos (1973).
    — Michel Houellebecq, Sumisión (2015).

    Porque la literatura puede ser ficción.

    Pero las fronteras, los ciudadanos y las consecuencias de las decisiones políticas son terriblemente reales.