Etiqueta: política española

  • Ceuta y el espejo incómodo de Raspail: cuando la realidad empieza a parecerse demasiado a la ficción

    Ceuta y el espejo incómodo de Raspail: cuando la realidad empieza a parecerse demasiado a la ficción

    Hay novelas que envejecen. Otras se convierten en clásicos. Y algunas, para desgracia de quienes preferirían que la realidad obedeciera dócilmente a sus consignas, empiezan a parecerse peligrosamente a una crónica anticipada.

    El campamento de los santos, la polémica novela de Jean Raspail, publicada en 1973, pertenece a esa última categoría. Durante décadas fue presentada como una obra maldita, reaccionaria, incómoda o directamente xenófoba. Y, sin embargo, más de medio siglo después, resulta difícil leerla sin reconocer que algunas de las preguntas que plantea siguen perfectamente vivas.

    Después llegó Michel Houellebecq con Sumisión, publicada en 2015. Otra novela incómoda. Otra provocación. Otro espejo que muchos prefirieron romper antes que detenerse a mirar qué demonios estaba reflejando.

    Pero si algo resulta verdaderamente inquietante hoy es que es imposible leer a Raspail y no ver, entre sus páginas, algo de Ceuta.

    Y también de Marruecos.

    Y de cierta prensa especialmente afinada con el Gobierno.

    Y de Pedro Sánchez.

    Y del PSOE.

    Y de la Cruz Roja.

    Y, sobre todo, de los ceutíes.

    Leer a Raspail y encontrarse con Ceuta

    Conviene dejar algo claro antes de que aparezca el habitual comité de vigilancia moral dispuesto a repartir certificados de humanidad: cuestionar una entrada masiva, desordenada o utilizada como instrumento de presión política no significa estar en contra de la inmigración como fenómeno humano.

    La inmigración existe, ha existido siempre y seguirá existiendo. Hay personas que huyen de guerras, pobreza, persecución o simplemente buscan una vida mejor. Negar esa realidad sería tan absurdo como cruel.

    Pero una cosa es defender una inmigración legal, ordenada, regulada y compatible con la capacidad de acogida e integración de una sociedad.

    Y otra muy distinta es pretender que cualquier entrada irregular, cualquier llegada masiva o cualquier episodio de presión fronteriza debe ser recibido con aplausos, fotografías, abrazos institucionales y una acusación automática de xenofobia contra quien se atreva a preguntar qué está ocurriendo.

    Porque entonces ya no estamos hablando de solidaridad.

    Estamos hablando de la renuncia a gobernar.

    Y Ceuta sabe perfectamente de qué hablamos.

    Un libro antiguo abierto sobre una mesa de madera muestra en sus páginas un grabado del perfil de Ceuta, la valla fronteriza con concertinas y el mar. En la parte superior se lee la frase "Las novelas pueden cerrarse. Las fronteras hay que gobernarlas." Al fondo reposan otros libros antiguos, uno de ellos con el título "Sumisión" de Michel Houellebecq.

    Resulta imposible recorrer hoy las páginas de El campamento de los santos sin que aparezcan, inevitablemente, imágenes de una ciudad española situada en la frontera sur de Europa y sometida periódicamente a una presión que, en determinados momentos, deja de parecer un fenómeno migratorio ordinario para convertirse en algo mucho más parecido a una operación de presión organizada desde el otro lado de la frontera.

    Porque el problema de Ceuta no es la existencia de inmigrantes.

    El problema es qué ocurre cuando Marruecos convierte la frontera en una herramienta política y miles de personas terminan entrando o intentando entrar en territorio español en un contexto que difícilmente puede analizarse como si fuera simplemente una sucesión espontánea de decisiones individuales.

    Y ahí es donde las palabras importan. Porque llamar a todo «crisis migratoria» puede resultar muy cómodo.

    Especialmente si así evitamos pronunciar otras palabras bastante más incómodas: presión, instrumentalización o invasión de facto.

    No una invasión en el sentido racial o civilizatorio que algunos querrán atribuir inmediatamente a quien utilice el término. No.

    Una invasión entendida como lo que puede ser: la entrada masiva e irregular de miles de personas en territorio de otro país en un contexto de presión fronteriza permitida, facilitada o utilizada políticamente.

    Y resulta difícil discutir que Ceuta ha vivido episodios que se acercan peligrosamente a esa definición.

    Los ceutíes, bombardeados desde la distancia

    Pero quizá lo más insoportable de todo no sea únicamente la presión que llega desde el otro lado de la frontera.

    Quizá lo más irritante sea observar cómo, desde Madrid y desde determinados medios de comunicación, se pretende explicar a los ceutíes cómo deben sentirse.

    Porque hay algo extraordinariamente cómodo en hablar de solidaridad desde un despacho situado a cientos de kilómetros de una frontera.

    Es fácil pedir empatía cuando la presión no afecta a tu barrio.

    Es sencillo reclamar humanidad cuando tus colegios no tienen que absorber el impacto.

    Es muy noble pronunciar grandes discursos cuando tus servicios públicos no son los que tienen que responder a una situación de emergencia.

    Y es especialmente confortable acusar de insolidario a quien vive las consecuencias desde la distancia de un plató.

    Los ceutíes parecen condenados a una extraña forma de pedagogía institucional: recibir el problema, soportar sus consecuencias y, además, aceptar la lección moral de quienes no tienen que vivirlo.

    Todo ello, por supuesto, en nombre de la empatía y la solidaridad.

    Una empatía que, curiosamente, parece funcionar siempre en una única dirección.

    Porque la solidaridad exige recursos.

    Exige planificación.

    Exige seguridad.

    Exige coordinación.

    Exige capacidad de acogida.

    Y exige, sobre todo, que el Estado no abandone a sus propios ciudadanos mientras les explica que deben sentirse culpables por preocuparse.

    Los ceutíes no son enemigos de nadie.

    No son racistas por definición.

    No son xenófobos porque quieran fronteras.

    Son ciudadanos españoles que viven en una ciudad especialmente vulnerable y que tienen derecho a exigir que su Gobierno proteja su seguridad, sus recursos y su convivencia.

    Lo contrario no es solidaridad.

    Es utilizar la superioridad moral como sustituto de la política.

    El Gobierno, más preocupado por el relato que por la frontera

    Y entonces aparece el Gobierno.

    O, más concretamente, aparece su capacidad casi sobrenatural para transformar cualquier crisis en una cuestión de relato.

    Porque ante determinados episodios ocurridos en Ceuta, la prioridad parece no ser siempre responder a una pregunta elemental:

    ¿Cómo ha sido posible que miles de personas puedan ejercer semejante presión sobre territorio español?

    No.

    Antes hay que construir el relato.

    Hay que seleccionar cuidadosamente las imágenes.

    Hay que encontrar la emoción correcta.

    Hay que decidir qué términos pueden utilizarse y cuáles deben ser inmediatamente condenados.

    Y, por supuesto, hay que vigilar que nadie saque una conclusión políticamente incorrecta.

    Mientras tanto, Ceuta continúa siendo Ceuta.

    Con sus calles.

    Con sus vecinos.

    Con sus recursos limitados.

    Con sus problemas sanitarios y de seguridad cuando se producen situaciones de desbordamiento.

    Con una convivencia delicada que no se protege con consignas.

    Y con ciudadanos que tienen la desagradable costumbre de preguntarse quién está defendiendo realmente sus intereses.

    Porque da la sensación de que, en ocasiones, el Gobierno parece sentirse más incómodo ante la crítica de los invasores de la frontera que ante la indignación de los ciudadanos que viven dentro de ella.

    Y esa sensación, justa o injusta, es precisamente lo que un Gobierno responsable debería evitar.

    Pero para eso habría que gobernar el problema.

    Y no limitarse a administrarlo mediáticamente.

    La prensa afin y el manual de instrucciones

    Después está el papel de cierta prensa especialmente afinada con el Gobierno.

    Ese curioso periodismo que, dependiendo de quién esté en La Moncloa, descubre que las fronteras son una construcción moral, que las preguntas incómodas son sospechosas y que cualquier preocupación ciudadana puede esconder una oscura pulsión reaccionaria.

    La frontera puede estar siendo sometida a una presión extraordinaria.

    La ciudad puede estar desbordada.

    Los vecinos pueden mostrar preocupación.

    Las instituciones locales pueden reclamar medios.

    Pero siempre habrá quien considere que el verdadero problema es el lenguaje utilizado por quienes describen lo que está ocurriendo.

    El edificio puede estar ardiendo. Pero, por favor, no digan «fuego» con tono alarmista. No vaya a ser que alguien se sienta ofendido.

    Ese es, en cierta manera, uno de los grandes paralelismos con el universo de Raspail: la obsesión por controlar moralmente el debate antes que resolver materialmente el problema.

    Primero se decide qué se puede pensar. Después ya veremos qué hacemos con la realidad.

    Si es que queda algo por hacer.

    La Cruz Roja y la frontera de la solidaridad

    Y en medio de todo aparece también la Cruz Roja, realizando una labor humanitaria que resulta imprescindible cuando hay personas necesitadas de atención.

    Conviene decirlo sin ambigüedades: atender a una persona herida, agotada, enferma o en situación de vulnerabilidad no convierte a nadie en responsable de la situación que la ha llevado hasta allí.

    La ayuda humanitaria no es el problema.

    Nunca debería serlo.

    Fotografía documental en la zona de recepción de Ceuta. En primer plano, una voluntaria de la Cruz Roja con chaleco rojo atiende la mano de un joven migrante envuelto en una manta gris, mientras un sanitario con pijama azul revisa a un hombre mayor. Al fondo se observa una carpa de la Cruz Roja, ambulancias, cajas de agua y comida, y más personas recibiendo mantas térmicas y auxilio.

    El problema aparece cuando determinadas imágenes, discursos o campañas parecen utilizar la inevitable dimensión humana de una crisis para impedir cualquier debate sobre cómo y por qué se ha producido esa crisis.

    Una persona que necesita ayuda debe recibirla.

    Eso no significa que el Estado deba renunciar a proteger sus fronteras.

    Un menor necesita protección.

    Eso tampoco significa que pueda ignorarse quién ha permitido, facilitado o utilizado su llegada.

    La solidaridad y el control fronterizo no son conceptos incompatibles.

    Sólo lo parecen para quienes necesitan que el debate sea siempre un combate entre santos y monstruos.

    Y precisamente ahí es donde el título de Raspail adquiere una ironía particularmente incómoda.

    Porque parece que, para algunos, sólo existen dos posiciones posibles: abrirlo todo o ser un miserable.

    Humanidad o fronteras.

    Solidaridad o seguridad.

    Compasión o supervivencia.

    Como si una sociedad adulta fuera incapaz de defender simultáneamente ambas cosas.

    Donde Raspail se quedó corto: el presidente de vacaciones

    Pero hay un punto en el que El campamento de los santos se queda sorprendentemente corta.

    Y es en el personaje del presidente.

    Fotografía conceptual en una playa de arena negra en Lanzarote. En primer plano, el presidente del gobierno de espaldas descansando en una tumbona bajo una sombrilla de rayas, sosteniendo un periódico y un teléfono inteligente. Al fondo, sobre el agua del mar, hay una gran pantalla publicitaria que emite noticias en directo con imágenes de migrantes cruzando la valla fronteriza de Ceuta entre columnas de humo.

    Ni siquiera en sus peores fantasías literarias pudo probablemente imaginar Jean Raspail una escena como la que ofrece la política contemporánea: un presidente que puede irse de vacaciones mientras miles de inmigrantes ilegales desembarcan o intentan desembarcar en su país, ocupando y desbordando una de sus ciudades, sumiéndola en el caos y obligando a desplegar todos los recursos disponibles.

    Porque la ficción tiene límites. La política moderna, al parecer, no.

    Raspail imaginó dirigentes paralizados. Políticos incapaces de tomar decisiones. Elites más preocupadas por parecer virtuosas que por ejercer sus responsabilidades.

    Pero quizá ni él habría imaginado que el máximo responsable político de un país pudiera asistir al espectáculo desde la distancia vacacional mientras una de sus fronteras se convierte en escenario de una crisis.

    Eso sí sería demasiado inverosímil.

    Demasiado exagerado.

    Demasiado propio de una novela.

    Y, sin embargo, ahí está la realidad, empeñada una vez más en superar a la sátira.

    Porque hay algo profundamente revelador en el mensaje que recibe una ciudad cuando sus ciudadanos observan que su problema es tratado como una incidencia periférica mientras el presidente continúa con su agenda estival.

    El mensaje, aunque nadie lo pronuncie, acaba siendo inevitable:

    Ceuta puede esperar.

    Y eso es precisamente lo que Ceuta no debería aceptar.

    Marruecos no es un fenómeno meteorológico

    Otro de los problemas del debate consiste en presentar la presión fronteriza como si fuera una tormenta.

    Llueve.

    Sale el sol.

    Hay oleaje.

    Y, de repente, miles de personas aparecen intentando cruzar una frontera.

    Como si Marruecos fuera un accidente geográfico y no un Estado con intereses propios.

    Pero Marruecos tiene política exterior.

    Tiene estrategia.

    Tiene intereses territoriales.

    Y sabe perfectamente que Ceuta y Melilla forman parte de una relación bilateral extraordinariamente sensible.

    Por eso resulta difícil aceptar que cada episodio de presión pueda explicarse únicamente con palabras como pobreza, desesperación o migración.

    Todo eso puede existir.

    Ilustración en un libro abierto dividida en tres paneles: a la izquierda, una multitud caminando con el cartel "HACIA EUROPA"; en el centro, la frontera y el mapa de Ceuta con vehículos de emergencia; a la derecha, autoridades y portavoces dando una rueda de prensa ante los medios.

    Por supuesto.

    Pero la dimensión humana no elimina la dimensión política.

    Precisamente lo contrario: puede ser utilizada políticamente.

    Y cuando un Estado permite que seres humanos se conviertan en instrumentos de presión, el problema no desaparece porque los medios decidan centrar exclusivamente la cámara sobre el rostro más dramático.

    La persona merece atención.

    La política merece análisis.

    Y el Estado español tiene derecho —y obligación— de defender su territorio.

    Eso no es racismo.

    Eso se llama soberanía.

    Ceuta no es un plató para la superioridad moral

    La gran tragedia de Ceuta es que demasiadas veces se habla de ella sin escucharla.

    Se habla sobre Ceuta. Pero no siempre con Ceuta.

    Se utiliza su frontera para discursos nacionales. Sus crisis para batallas partidistas. Sus imágenes para construir relatos. Sus ciudadanos para demostrar que uno es más humano que el adversario.

    Y después, cuando desaparecen las cámaras, Ceuta sigue allí.

    Con el mismo problema. Con la misma frontera. Con los mismos vecinos.

    Y con la misma sensación de que, cuando las cosas se complican, el resto de España descubre durante unas horas que existe una ciudad en el norte de África.

    Luego llega otro asunto.

    Otro escándalo.

    Otra campaña.

    Y Ceuta vuelve a su lugar habitual: el margen de la conversación.

    Hasta la próxima crisis.

    Hasta el próximo salto.

    Hasta la próxima entrada masiva.

    Hasta que alguien vuelva a descubrir que las fronteras, por mucho que incomoden ideológicamente, siguen existiendo.

    La pregunta que nadie quiere responder

    Quizá por eso El campamento de los santos sigue siendo una novela incómoda.

    No porque deba ser interpretada como una profecía.

    No porque su visión extrema tenga que convertirse en un programa político.

    Y tampoco porque la inmigración sea una amenaza por definición.

    Sería absurdo.

    La pregunta que plantea Raspail es otra: ¿qué ocurre cuando una sociedad pierde la capacidad de establecer límites porque teme que cualquier límite sea considerado inmoral?

    Ceuta conoce bien esa pregunta.

    La conoce porque vive donde la frontera no es una teoría universitaria.

    Es una realidad.

    Una valla.

    Una playa.

    Una carretera.

    Un puesto fronterizo.

    Una presión diplomática.

    Y miles de ciudadanos que tienen derecho a que su Gobierno no los convierta en daño colateral de una estrategia basada en la imagen y la corrección política.

    La solidaridad es necesaria.

    La inmigración regulada también puede ser necesaria.

    La ayuda humanitaria es imprescindible.

    Pero ninguna de esas afirmaciones obliga a aceptar que una ciudad española pueda ser sometida periódicamente a una presión masiva sin que el Estado responda con la contundencia política, diplomática y operativa que merece.

    Porque ayudar a quien lo necesita no significa entregar la llave de casa.

    Y defender la puerta de casa no significa odiar a quien llama.

    Ese es el debate que demasiados prefieren evitar.

    Y quizá por eso resulta tan difícil leer hoy El campamento de los santos sin encontrar, escondidos entre sus páginas, a Ceuta, a Marruecos, a los medios afinados, al Gobierno, al PSOE, a Pedro Sánchez, a las organizaciones humanitarias y, sobre todo, a los ceutíes.

    A los ceutíes, siempre a los ceutíes.

    Los que viven allí.

    Los que reciben el golpe.

    Los que soportan la presión.

    Y los que, además, tienen que escuchar desde la distancia que quizá deberían sentirse afortunados de estar dando una lección de solidaridad.

    La cuestión es sencilla.

    La solidaridad no puede consistir en exigir siempre el sacrificio de los mismos.

    Y Ceuta lleva demasiado tiempo pagando la factura.

    Bibliografía
    — Jean Raspail, El campamento de los santos (1973).
    — Michel Houellebecq, Sumisión (2015).

    Porque la literatura puede ser ficción.

    Pero las fronteras, los ciudadanos y las consecuencias de las decisiones políticas son terriblemente reales.