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  • Las dos Españas: el muro, la memoria y un país que vuelve a mirarse de reojo

    Las dos Españas: el muro, la memoria y un país que vuelve a mirarse de reojo

    Hay algo extraño en la España de hoy. Tenemos una democracia consolidada, casi medio siglo de Constitución y una generación entera que nació después de la Transición. Y, sin embargo, cada vez resulta más frecuente escuchar el mismo vocabulario de enfrentamiento que creíamos enterrado: fascistas, rojos, franquistas, golpistas, ultras, traidores. Hemos cambiado las trincheras por las redes sociales, pero seguimos teniendo una preocupante afición por dividir el país en dos.

    Antonio Machado lo dejó escrito hace casi un siglo:

    “Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

    Fotografía en blanco y negro de Antonio Machado, poeta español vinculado a la reflexión sobre las dos Españas

    No podía imaginar que sus versos seguirían apareciendo en artículos de opinión, tertulias y redes sociales tantas décadas después. Tampoco podía imaginar que aquella España que él veía enfrentada terminaría llevándolo todo hasta el extremo de una guerra.

    Nosotros sí sabemos cómo terminó aquello.

    Y quizá por eso deberíamos tener más cuidado cuando jugamos otra vez a las dos Españas.

    Un país que aprendió a pactar

    La Transición tuvo muchas sombras. No hace falta convertirla en una época idílica para reconocer lo esencial: después de décadas de enfrentamiento, los españoles consiguieron hacer algo bastante poco habitual en política.

    Se sentaron juntos.

    No porque se quisieran especialmente. Ni porque hubieran descubierto de repente que sus programas eran idénticos. Los separaban demasiadas cosas. Pero entendieron que había una cuestión por encima de todas ellas: si cada uno pretendía imponer su España al resto, España volvería a tener un problema.

    Fotografía histórica en blanco y negro de políticos españoles firmando los Pactos de la Moncloa en 1977, reunidos alrededor de una mesa examinando documentos.

    El resultado fue la Constitución de 1978.

    Hoy parece casi ingenuo aquello de negociar, ceder y buscar un punto intermedio. En la política actual, ceder ante el adversario puede ser presentado como una traición. Pactar con el contrario puede convertirse en una fotografía incómoda para las redes sociales. Reconocer que el otro tiene parte de razón parece, directamente, una debilidad.

    Aquellos políticos, con todos sus defectos, tenían bastante claro algo que nosotros estamos olvidando: después de las elecciones hay que seguir viviendo juntos.

    Quizá esa sea una de las grandes diferencias entre aquella España y esta.

    Del consenso al muro

    Pedro Sánchez utilizó en su discurso de investidura de noviembre de 2023 una imagen que no pasó precisamente desapercibida: la construcción de un “muro” frente a la derecha y Vox.

    La metáfora tenía intención política y electoral. Es evidente.

    Pero las metáforas tienen la mala costumbre de explicar más de lo que quienes las utilizan pretenden.

    Un muro separa.

    Y España lleva demasiados años levantando pequeños muros.

    Unos contra otros.

    Unos porque consideran que la derecha amenaza la democracia. Otros porque consideran que la izquierda amenaza la unidad nacional. Unos ven fascistas detrás de cada bandera española. Otros ven comunistas detrás de cada pancarta sindical.

    Y en medio queda el ciudadano, que muchas veces no sabe muy bien cómo ha terminado siendo sospechoso por votar a un partido determinado.

    Lo curioso es que aquel “muro” fue presentado como un muro para defender la convivencia.

    Quizá aquí haya una contradicción que merezca algo más de reflexión.

    La convivencia consiste precisamente en convivir con quien no piensa como tú.

    Si solamente convivimos con los nuestros, eso no es convivencia. Es una urbanización cerrada.

    La Guerra Civil como argumento electoral

    Hay otro asunto que me preocupa todavía más.

    España tiene una relación complicada con su pasado. No es extraño. La Guerra Civil dejó demasiadas heridas, demasiadas familias divididas y demasiados muertos.

    Hay que recordar aquello.

    Por supuesto.

    Pero recordar no significa convertir cada discusión política actual en una continuación simbólica de 1936.

    Fotografía histórica en blanco y negro de mujeres, niños y familias evacuadas caminando por la calle cargando cestas y mantas durante la Guerra Civil Española.

    Y ahí es donde creo que estamos cometiendo un error.

    Cada vez que aparece una cuestión especialmente incómoda, alguien rescata la Guerra Civil. Si la derecha avanza, aparece Franco. Si Vox obtiene un buen resultado, se habla de fascismo. Si alguien cuestiona una política de inmigración, rápidamente aparece la acusación de xenofobia. Y si alguien critica determinadas políticas de la izquierda, tampoco es raro que se le coloque una etiqueta ideológica antes incluso de escuchar su argumento.

    El pasado se convierte así en una especie de comodín.

    Y eso tiene una consecuencia bastante perversa: los ciudadanos terminan discutiendo sobre muertos de hace noventa años mientras tienen delante problemas que necesitan respuestas para mañana:

    La vivienda, el precio de la energía los salarios la seguridad, la educación, la sanidad, entre otros.

    Asuntos bastante menos épicos que Franco, pero que afectan bastante más a la vida de un ciudadano que tiene que pagar el alquiler a final de mes.

    El miedo siempre ha funcionado

    Hay algo que la política sabe desde hace siglos: el miedo moviliza.

    Decirle a alguien que el adversario es malo funciona mucho mejor que explicarle un programa de 150 páginas.

    • “Si gobiernan ellos, perderemos nuestros derechos”.
    • “Si gobiernan ellos, desaparecerá España”.
    • “Si gobierna la derecha, volverá el franquismo”.
    • “Si gobierna la izquierda, acabaremos en una dictadura”.

    Cambian los protagonistas, pero el mecanismo es el mismo.

    El problema es que, cuando se utiliza el miedo constantemente, llega un momento en que una parte de la sociedad deja de creérselo.

    Y puede ocurrir algo todavía peor para quien lo utiliza: que el ciudadano vote precisamente contra quien lleva años diciéndole a quién debe tener miedo.

    Quizá parte del crecimiento de determinadas opciones políticas en Europa tenga algo que ver con esto.

    No necesariamente porque millones de europeos se hayan vuelto fascistas de la noche a la mañana. Sería una explicación demasiado cómoda.

    Puede que haya personas preocupadas por la inmigración, por la seguridad, por la vivienda o por la pérdida de poder adquisitivo que simplemente hayan dejado de encontrar respuestas convincentes en los partidos tradicionales.

    Y cuando una preocupación no encuentra una respuesta, termina encontrando un voto.

    La derecha crece. La izquierda debería preguntarse por qué.

    Este es probablemente uno de los asuntos que más cuesta discutir con serenidad.

    La derecha ha ganado terreno en numerosos países europeos. También lo han hecho partidos que se sitúan más a la derecha de los conservadores tradicionales.

    Podemos discutir si sus propuestas son buenas o malas.

    Podemos considerar que algunas son directamente inaceptables.

    Lo que no parece demasiado inteligente es fingir que el fenómeno no existe o reducirlo todo a que los ciudadanos se han vuelto extremistas.

    Porque entonces desaparece la pregunta verdaderamente interesante:

    ¿por qué están creciendo?

    Quizá haya varias respuestas.

    El rechazo a determinadas políticas migratorias. El cansancio con ciertas políticas identitarias. La inseguridad percibida. La sensación de que las élites políticas viven alejadas de determinados problemas. La dificultad para acceder a una vivienda. El hartazgo ante determinados casos de corrupción. O simplemente el deseo de castigar al partido que gobierna.

    No hace falta compartir esas razones para reconocerlas.

    Y tampoco hace falta aceptar el programa de Vox para entender por qué alguien puede terminar votándolo.

    La política debería empezar por ahí: intentando entender al ciudadano antes de insultarlo.

    El problema del «buenismo»

    También convendría hablar de una palabra que la izquierda suele rechazar y la derecha utiliza con demasiada alegría: “buenismo”.

    No toda política de solidaridad es buenismo. No toda defensa de los inmigrantes es ingenuidad. Y no todo aquel que reclama una política migratoria más estricta es racista.

    La realidad, como casi siempre, está en medio.

    • Se puede defender la inmigración legal y pedir controles más eficaces.
    • Se puede defender la acogida y admitir que un Estado tiene una capacidad limitada.
    • Se puede defender la igualdad y cuestionar determinadas políticas.
    • Se puede exigir seguridad sin convertirse en fascista.

    Parece evidente.

    Sin embargo, últimamente hay que repetirlo demasiado.

    Y cuando una persona siente que no puede expresar una preocupación sin ser etiquetada, termina buscando a alguien que sí quiera escucharla.

    A veces ese alguien está en la derecha.

    Y quizá ahí exista una de las razones que explican el desplazamiento electoral que estamos viendo.

    No la única. Probablemente ni siquiera la principal.

    Pero sí una que merece ser discutida sin levantar inmediatamente otra trinchera.

    Las nuevas trincheras están en el teléfono

    Hay algo que diferencia nuestra polarización de la de nuestros abuelos.

    Nosotros tenemos redes sociales. Ellos tenían trincheras.

    Puede parecer una comparación exagerada. Evidentemente lo es si se interpreta literalmente. No estamos en 1936.

    Pero hay una semejanza inquietante: cada bando puede vivir hoy en su propio ecosistema.

    Ilustración vectorial conceptual de dos figuras en tonos azul y rojo enredadas entre sí mientras miran enfadadas las pantallas de sus teléfonos móviles.

    Unos reciben continuamente vídeos, titulares y comentarios que confirman que la derecha es el gran problema de España.

    Otros reciben exactamente lo contrario.

    Cada uno tiene sus periodistas, sus influencers, sus tertulianos y sus enemigos favoritos.

    Y todos tienen pruebas de que los otros son los culpables de todo.

    El algoritmo, mientras tanto, sonríe.

    Porque el enfado genera visitas.

    Y las visitas generan dinero.

    Quizá por eso una discusión tranquila tenga hoy mucho menos éxito que un buen insulto.

    Unamuno tenía una frase para esto

    Miguel de Unamuno pronunció en 1936 una de las frases más conocidas de nuestra historia política:

    “Venceréis, pero no convenceréis.”

    Más allá de las circunstancias concretas del episodio, la frase conserva una fuerza extraordinaria.

    Porque una democracia no debería aspirar simplemente a vencer.

    Debería aspirar a convencer.

    Y si no consigue convencer, al menos debería conseguir que el que pierde pueda aceptar el resultado sin sentir que ha sido expulsado de su propio país.

    Esto último es importante.

    Porque una cosa es perder unas elecciones.

    Y otra muy diferente es escuchar durante cuatro años que eres parte del problema por haber votado diferente.

    Eso termina pasando factura.

    Quizá las dos Españas no hayan desaparecido nunca

    Tal vez hemos sido demasiado optimistas.

    Pensamos que la Transición había resuelto definitivamente el problema de las dos Españas.

    Probablemente no.

    Lo que hizo fue algo más realista: creó un marco para que esas dos Españas pudieran vivir juntas.

    La diferencia es enorme.

    Porque una sociedad plural nunca va a pensar igual.

    Lo importante es que no necesite pensar igual para convivir.

    El problema actual no es que existan izquierda y derecha. Eso es normal en una democracia.

    El problema es que cada vez resulta más frecuente que una parte de la sociedad considere ilegítima a la otra.

    Y eso sí debería preocuparnos.

    Porque cuando el adversario deja de ser legítimo, cualquier cosa empieza a parecer justificable.

    Ilustración realista de ciudadanos españoles —un jubilado, una joven, un obrero y personas con símbolos políticos— construyendo juntos un puente sobre una gran grieta, con la frase "No tenemos que pensar igual para volver a encontrarnos".

    Todavía estamos a tiempo

    La buena noticia es que no necesitamos otra Transición. No necesitamos empezar de cero. Tenemos una Constitución, instituciones democráticas y casi cincuenta años de experiencia.

    Lo que quizá necesitamos es recuperar algo mucho más sencillo: la costumbre de escuchar:

    • Escuchar a quien vota diferente.
    • Aceptar que la izquierda puede equivocarse.
    • Aceptar que la derecha también.
    • Admitir que Vox puede tener razón en alguna cuestión sin convertirse por ello en un votante de Vox.
    • Reconocer que el PSOE puede hacer algo bien sin convertirse por ello en socialista.
    • Y entender que un ciudadano puede cambiar de voto sin que haya cambiado de nacionalidad, de dignidad ni de derecho a opinar.

    Puede parecer poco., pero en la España actual, casi parece revolucionario.

    No necesitamos que desaparezcan las dos Españas. Necesitamos que dejen de comportarse como si solamente una tuviera derecho a existir.

    Porque España no es del PSOE, ni del PP, ni de Vox, ni de Sumar, ni de ningún otro partido.

    España es también de quien vota en blanco, de quien cambia de voto, de quien no vota y, sobre todo, de quien vota exactamente lo contrario que nosotros.

    Y quizá esa sea la parte que más nos cuesta aceptar.

    Machado hablaba de las dos Españas que podían helarnos el corazón.

    Casi cien años después tenemos una oportunidad bastante más sencilla que la que tuvieron nuestros abuelos.

    No tenemos que hacer la paz después de una guerra.

    Solo tenemos que dejar de comportarnos como si estuviéramos en una.

    Y ahora la pregunta es para ustedes

    ¿Creen que España está entrando en una etapa de polarización difícil de revertir?

    ¿Estamos utilizando demasiado la Guerra Civil y el franquismo para explicar problemas del presente?

    ¿El discurso del miedo hacia la derecha está provocando precisamente el efecto contrario y empujando a algunos ciudadanos hacia ella?

    ¿Existe realmente un “buenismo” que no está sabiendo escuchar determinadas preocupaciones sociales?

    ¿O estamos exagerando el problema y la democracia española es mucho más sólida de lo que algunos quieren hacernos creer?

    Y, sobre todo:

    ¿Seremos capaces de volver a discrepar sin convertirnos en enemigos?

    Quizá esa sea hoy la verdadera prueba de madurez de la sociedad española.

    Y quizá la respuesta no tengan que darla los políticos.

    La tenemos que dar nosotros.