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  • Ceuta después del verano: ¿y ahora qué?

    Ceuta después del verano: ¿y ahora qué?

    Cuando las cámaras se van, la ciudad se queda

    Hay una pregunta que empieza a ser mucho más incómoda que cualquier debate político sobre lo sucedido en Ceuta este verano:

    ¿Y ahora qué?

    Porque una vez conocidos los informes, analizadas las circunstancias y aparcadas —al menos por ahora— las responsabilidades que puedan corresponder a unos u otros, queda algo mucho más elemental: una ciudad que tiene que seguir viviendo.

    Un grupo numeroso de personas camina en fila por una calle asfaltada junto a coches aparcados y casas en Ceuta.

    Y ahí es donde comienza el verdadero problema.

    Ceuta no puede vivir permanentemente en modo emergencia. Tampoco puede convertirse en una especie de sala de espera a cielo abierto en la que nadie sabe cuánto durará la situación, qué ocurrirá mañana ni cuándo llegará una solución.

    Durante semanas hemos visto imágenes de una ciudad sometida a una presión extraordinaria. Negocios afectados, vecinos condicionados, ciudadanos que han cambiado sus hábitos, playas que han dejado de ser ese espacio de descanso que forma parte de la vida cotidiana, personas que han sentido miedo o preocupación a la hora de salir a la calle.

    Y quizá lo más preocupante sea precisamente eso: que para muchos ceutíes este verano no ha sido un verano normal.

    No han podido disfrutar de su ciudad con la normalidad que deberían.

    Y mientras tanto, las cámaras han mostrado la realidad.

    Pero las cámaras, como siempre, acabarán marchándose.

    Los ceutíes no.

    El problema es que septiembre no borra agosto

    Llegará el otoño.

    Comenzará el curso escolar.

    Volverán las rutinas, los colegios, los comercios, los horarios, los trabajos y la vida cotidiana. O, al menos, eso debería ocurrir.

    Pero resulta difícil hablar de normalidad cuando todavía existen asentamientos, personas migrantes que permanecen en las calles, centros de estancia temporal que se multiplican y una presión que no parece tener una fecha concreta de finalización.

    Y aquí aparece una cuestión que merece ser planteada sin consignas y sin trincheras:

    ¿Cómo se recupera la normalidad de una ciudad cuando la situación excepcional comienza a convertirse en permanente?

    Porque una emergencia puede gestionarse. Lo que no puede gestionarse indefinidamente es una emergencia convertida en sistema.

    Y eso es precisamente lo que Ceuta no puede permitirse.

    Ni los ceutíes pueden pagar el precio ni los migrantes pueden quedar abandonados

    Hay algo que debería resultar evidente.

    La solución no puede consistir en abandonar a su suerte a quienes han llegado a Ceuta. Pero tampoco puede consistir en pedir a los ceutíes que soporten indefinidamente una situación extraordinaria mientras las administraciones discuten, estudian, elaboran informes o esperan que el problema desaparezca por agotamiento.

    Porque no desaparecerá por decreto. Y mucho menos porque dejemos de hablar de él.

    Los migrantes necesitan una respuesta digna, ordenada y con perspectivas reales.

    Vista urbana de una avenida céntrica en Ceuta con el Hotel Puerta de África, palmeras, jardineras y farolas ornamentales bajo un cielo despejado.

    Los ceutíes necesitan recuperar su ciudad.

    Las dos cosas no deberían ser incompatibles.

    De hecho, deberían formar parte de la misma solución.

    Lo verdaderamente inaceptable sería construir una respuesta en la que unos tengan que pagar necesariamente el precio de la dignidad de los otros.

    ¿Dónde están las soluciones inmediatas?

    Y aquí llegamos a la parte más desconcertante.

    Después de semanas de tensión, de imágenes, de debates y de preocupación ciudadana, la sensación que queda es que no existen actuaciones inmediatas capaces de cambiar sustancialmente el escenario.

    No aparece una solución rápida.

    No aparece una estrategia suficientemente clara.

    No aparece una respuesta que permita decirle a la ciudadanía:

    «Esto es lo que vamos a hacer y este es el calendario.»

    Y mientras tanto, el tiempo sigue corriendo.

    La ayuda ciudadana, que durante semanas ha demostrado una capacidad de solidaridad extraordinaria, empieza a agotarse.

    Porque también la solidaridad tiene límites materiales.

    Los ciudadanos pueden ayudar durante un tiempo.

    Pueden aportar alimentos, ropa, recursos, alojamiento o atención.

    Pero una sociedad no puede organizar indefinidamente con voluntarismo ciudadano lo que debería formar parte de una respuesta institucional.

    La solidaridad puede ser el salvavidas de una emergencia. No puede convertirse en el modelo de gestión de una crisis permanente.

    Y llega el invierno

    Esta es quizá una de las cuestiones que menos debería admitir demoras.

    El verano permite ocultar algunas de las consecuencias más duras. Una playa puede convertirse temporalmente en un asentamiento. Pero ¿qué ocurrirá cuando llegue el invierno?

    Palmera inclinada por el fuerte viento frente a un mar picado con oleaje en el litoral de Ceuta bajo un cielo nublado.

    ¿Qué sucederá cuando lleguen el frío, las lluvias y los temporales?

    ¿Seguiremos viendo personas viviendo en asentamientos improvisados?

    ¿Seguiremos viendo migrantes deambulando por las calles?

    ¿Seguirán aumentando los centros de estancia temporal?

    ¿Hasta dónde puede crecer esa infraestructura en una ciudad de las dimensiones de Ceuta?

    Y, sobre todo:

    ¿qué solución estamos ofreciendo a esas personas?

    Porque tampoco es humano mantenerlas indefinidamente en una situación de incertidumbre.

    Ni es razonable para los vecinos. Ni es sostenible para la ciudad.

    Ni puede ser la respuesta de una Europa que presume de disponer de instituciones, recursos y capacidad administrativa para afrontar problemas mucho más complejos.

    Ceuta no puede convertirse en el aparcamiento de un problema europeo

    Quizá haya llegado el momento de formular una pregunta todavía más incómoda.

    ¿Quién está gestionando realmente el problema?

    Porque Ceuta puede ser frontera, puede ser puerta de entrada, puede ser territorio español y europeo.

    Pero no puede convertirse en el lugar donde simplemente se aparca un problema que después nadie quiere recoger.

    La ciudad necesita una estrategia.

    Y esa estrategia debería contemplar, como mínimo, varias cuestiones simultáneamente:

    • una gestión efectiva de los flujos migratorios;
    • una respuesta rápida para quienes no puedan permanecer en Ceuta;
    • condiciones dignas para quienes sí tengan derecho a protección o acogida;
    • recursos suficientes para los servicios públicos;
    • seguridad y tranquilidad para los ciudadanos;
    • medidas específicas para colegios, sanidad y servicios sociales;
    • apoyo económico real para los sectores afectados;
    • y una planificación clara para evitar que la situación excepcional termine convirtiéndose en permanente.

    No parece pedir demasiado.

    Parece pedir simplemente que alguien tenga un plan.

    Representantes políticos y autoridades reunidos en una mesa redonda en el Palacio de la Asamblea de Ceuta, con las banderas de España, la Unión Europea y Ceuta de fondo.

    Porque gobernar también significa anticiparse

    No hace falta entrar ahora en quién hizo qué.

    Eso llegará, si tiene que llegar.

    Las responsabilidades políticas, administrativas o de cualquier otra naturaleza deberán determinarse en su momento y por las vías correspondientes.

    Pero mientras unos discuten sobre el pasado, Ceuta tiene que enfrentarse al futuro.

    Y el futuro no espera a que termine una comisión, se publique otro informe o se encuentre una explicación políticamente conveniente.

    Septiembre está aquí.

    Después llegará octubre.

    Y noviembre.

    Y diciembre.

    Y cada mes que pase sin una estrategia clara hará más difícil recuperar una normalidad que ya empieza a parecer extraordinaria.

    ¿Qué opciones tenemos realmente?

    Quizá haya llegado el momento de abandonar las falsas soluciones.

    Ni la solución puede ser «que se marchen todos». Ni puede ser «que se queden todos». Ni puede ser «ya veremos».

    Entre esos tres extremos existe algo bastante más difícil:

    Gestionar.

    Gestionar significa establecer quién puede permanecer, quién debe ser trasladado, quién necesita protección, quién tiene derecho a ella, qué recursos son necesarios y cómo se garantiza que Ceuta no soporte en solitario una presión que afecta a España y, por extensión, a Europa.

    También significa decidir qué modelo de acogida puede soportar la ciudad.

    Y qué modelo no puede soportar.

    Porque reconocer los límites de una ciudad no es falta de solidaridad.

    Es reconocer la realidad.

    Tal vez la solución tenga que empezar por una palabra que parece haberse olvidado: equilibrio

    Ceuta necesita recuperar el equilibrio.

    Equilibrio entre humanidad y seguridad.

    Entre acogida y capacidad.

    Entre derechos y obligaciones.

    Entre solidaridad y responsabilidad.

    Entre la protección de quienes llegan y la protección de quienes ya viven allí.

    Personas paseando y conversando en un paseo peatonal arbolado en Ceuta, con niños y carritos de bebé.

    Y para conseguirlo hará falta algo que hasta ahora ha brillado demasiado por su ausencia:

    una estrategia que vaya más allá de apagar el incendio del día.

    Porque Ceuta no puede vivir esperando cuál será la próxima crisis.

    Y tampoco puede permitirse que la crisis de este verano termine convirtiéndose en la normalidad del próximo.

    La pregunta que queda sobre la mesa

    Quizá, después de todo lo ocurrido, la pregunta más importante ya no sea quién tuvo la culpa.

    Esa pregunta tendrá su momento.

    La pregunta urgente es otra:

    ¿Qué vamos a hacer a partir de ahora?

    ¿Qué ocurrirá con los asentamientos cuando llegue el invierno?

    ¿Qué ocurrirá con los migrantes que continúan en las calles?

    ¿Qué ocurrirá con los centros de estancia temporal?

    ¿Qué ocurrirá con los colegios?

    ¿Qué ocurrirá con los comercios que han sufrido las consecuencias?

    ¿Qué ocurrirá con una ciudadanía que empieza a sentirse cansada, preocupada y, en algunos casos, sencillamente abandonada?

    Y finalmente:

    ¿qué ocurrirá con Ceuta?

    Porque quizá haya llegado el momento de entender que no se trata de elegir entre los ceutíes y los migrantes.

    Se trata de encontrar una solución que permita que unos y otros puedan recuperar algo tan elemental como una vida digna y tranquila.

    Los migrantes necesitan una respuesta.

    Los ceutíes también.

    Y Europa necesita demostrar que sus fronteras, sus derechos y sus valores no son conceptos incompatibles, sino responsabilidades que deben gestionarse conjuntamente.

    Porque una cosa es segura:

    Ceuta no puede seguir esperando.

    Las cámaras podrán marcharse.

    Los titulares desaparecerán.

    Los debates televisivos cambiarán de asunto.

    Pero la ciudad seguirá allí.

    Y mañana, cuando vuelva a amanecer sobre Ceuta, alguien tendrá que responder a la pregunta que hoy sigue sin respuesta:

    ¿Y ahora qué?

  • Ceuta: cuando la “normalidad” consiste en mirar hacia otro lado

    Ceuta: cuando la “normalidad” consiste en mirar hacia otro lado

    Una ciudad desbordada, miles de personas atrapadas en la precariedad y un Gobierno empeñado en explicarnos que todo está bajo control. Quizá el problema sea que los que viven allí no han recibido todavía el guion de la normalidad.

    Hay fotografías que explican una crisis mucho mejor que cien ruedas de prensa. En Ceuta hay personas durmiendo en playas, calles y espacios improvisados; hay menores que necesitan protección; hay ciudadanos que están intentando ayudar con alimentos, ropa y productos básicos; y hay una ciudad que lleva días intentando absorber una presión migratoria que ha desbordado sus recursos.

    Inmigrantes duermen en mantas y colchones improvisados en un paseo marítimo de Ceuta

    Pero, tranquilos: todo está normal.

    Lo dice el relato oficial. Lo dice, con diferentes matices, esa liturgia política según la cual cualquier problema parece solucionarse cambiándole el nombre.

    No es una crisis: es una “situación compleja”.

    No es un desbordamiento: es una “contingencia migratoria”.

    No es una frontera incapaz de controlar una entrada masiva: es un “episodio extraordinario”.

    Y, por supuesto, no es responsabilidad de nadie.

    Porque en España hemos perfeccionado una técnica política extraordinaria: cuando algo funciona mal, se crea una comisión; cuando funciona peor, se anuncia un plan; y cuando directamente se desborda, se organiza una rueda de prensa para explicar que la situación está “controlada”.

    Mientras tanto, que los ceutíes se tranquilicen.

    El drama que no debería necesitar ideología

    Empecemos por lo evidente.

    Hay seres humanos en Ceuta que están viviendo una situación dramática.

    Personas que han cruzado desde Marruecos buscando una vida mejor y que ahora se encuentran atrapadas en una especie de limbo. Algunas duermen al raso. Otras carecen de recursos básicos. Los servicios de acogida están desbordados y la población local está colaborando para cubrir necesidades que, en una emergencia de estas dimensiones, difícilmente deberían recaer exclusivamente sobre la solidaridad espontánea de los vecinos.

    Y especialmente preocupante es la situación de los menores.

    A finales de julio, Ceuta ya había pasado de 210 menores tutelados a 472 en apenas dos semanas, con una sobreocupación declarada del sistema del 1.600%.

    Llegada masiva de inmigrantes a una playa de Ceuta junto a la frontera con Marruecos

    Después llegó la entrada masiva.

    El Gobierno ha contabilizado 1.342 menores extranjeros no acompañados y las estimaciones de organizaciones sociales son incluso superiores. La capacidad ordinaria de los recursos quedó completamente superada.

    Aquí no debería haber trincheras ideológicas.

    Un menor abandonado en una calle de Ceuta no es de izquierdas ni de derechas.

    Tiene derecho a protección.

    Punto.

    Pero precisamente porque el problema humanitario es real, también resulta legítimo preguntar por qué se ha permitido que la situación llegue hasta aquí.

    Porque una cosa es defender los derechos de quien llega.

    Y otra muy distinta es considerar que la existencia de esos derechos convierte automáticamente en inexistente el derecho de una ciudad a tener una frontera controlada, unos servicios públicos capaces de funcionar y unos ciudadanos que puedan vivir normalmente.

    Y después están los ceutíes

    Hay una parte de esta historia que parece incomodar especialmente.

    Los ceutíes.

    Porque resulta que Ceuta no es un decorado para los informativos. Allí vive gente.

    Hay comerciantes.

    Hay trabajadores.

    Hay familias.

    Hay niños.

    Hay personas que quieren salir a pasear, ir a la playa, abrir sus negocios, utilizar los espacios públicos y vivir sin tener permanentemente la sensación de estar dentro de una crisis que otros observan desde la distancia.

    El entrenador del Ceuta, José Juan Romero, ha llegado a expresar públicamente su malestar por la situación y por el impacto que está teniendo sobre la vida cotidiana de la ciudad.

    Y esto debería hacernos pensar.

    Porque cuando una persona de Ceuta dice que familiares y conocidos evitan determinadas zonas o que la situación está condicionando su vida cotidiana, quizá no sea necesario responderle desde Madrid con una estadística.

    Quizá habría que escucharla.

    Multitud de ciudadanos se concentra en Ceuta con banderas de España y pancartas sobre la situación de la ciudad

    La solidaridad no puede convertirse en una carretera de un solo sentido.

    También hay que ser solidario con quien vive allí.

    Y eso no convierte a nadie en xenófobo.

    La frontera también existe

    Durante años se ha hablado de Ceuta y Melilla como si fueran una cuestión secundaria.

    Hasta que un día la frontera deja de ser una línea dibujada en un mapa y se convierte en una avalancha de personas intentando entrar.

    Entonces descubrimos que las fronteras existen.

    Qué sorpresa.

    La cuestión es que una frontera no puede funcionar solamente cuando todo está tranquilo.

    Una frontera sirve precisamente para controlar las situaciones extraordinarias.

    Y aquí aparece una de las preguntas más incómodas: ¿qué información tenía el Gobierno antes de que se produjera la entrada masiva y qué se hizo con ella?

    Porque si había informes, advertencias o señales de que podía producirse una situación de estas características, habrá que explicar por qué no se actuó antes.

    Y si nadie lo sabía, habrá que explicar cómo puede ser que nadie lo supiera.

    Lo que no parece razonable es descubrir la gravedad del problema cuando las personas ya están dentro.

    Eso no es prevención.

    Eso es reaccionar.

    Y reaccionar tarde también es una forma de política.

    El ministro Marlaska y Representantes de las fuerzas de seguridad durante una comparecencia sobre la situación migratoria en Ceuta
    El ministro Marlaska y Representantes de las fuerzas de seguridad comparecen ante los medios para informar sobre la situación migratoria y la presión sobre la frontera de Ceuta.

    Marruecos: socio fiable, frontera imprevisible

    Durante años se nos ha explicado que Marruecos es un socio estratégico, fiable y fundamental para España.

    Perfecto.

    Los socios estratégicos son necesarios.

    Pero precisamente por eso habría que poder formular preguntas incómodas.

    ¿Qué ocurre cuando miles de personas atraviesan la frontera?

    ¿Qué mecanismos existen para impedirlo?

    ¿Qué compromisos concretos existen?

    ¿Qué garantías tenemos?

    Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando esos mecanismos fallan?

    Porque la diplomacia está muy bien para las fotografías, las cumbres y los comunicados.

    Pero una frontera no se controla con fotografías.

    Se controla con medios, coordinación, vigilancia, capacidad operativa y decisiones políticas.

    Y si todo eso falla, alguien tiene que asumir la responsabilidad.

    El silencio selectivo del “buenismo”

    Y llegamos a una cuestión todavía más incómoda.

    ¿Dónde están ahora algunos de los grandes defensores de las movilizaciones cuando el problema no ocurre en abstracto, sino delante de las casas de miles de españoles?

    ¿Dónde están las grandes protestas?

    ¿Dónde están los piquetes?

    ¿Dónde están las flotillas?

    ¿Dónde están las campañas internacionales?

    ¿Dónde está la indignación permanente?

    Quizá el problema sea que la realidad tiene la mala costumbre de no respetar los argumentarios.

    Es fácil decir desde un plató que hay que abrir las fronteras.

    Es bastante más complicado explicar qué hacemos cuando una ciudad de poco más de 18 kilómetros cuadrados recibe de golpe una presión migratoria que sus servicios no pueden absorber.

    Es muy fácil decir “acoger”.

    Mucho más difícil es responder quién acoge, dónde, durante cuánto tiempo, con qué recursos y bajo qué condiciones.

    Y todavía más difícil explicar qué hacemos después.

    Porque el progresismo de salón funciona estupendamente mientras el problema aparece en una pantalla.

    Cuando aparece delante de la puerta de casa, el discurso suele adquirir una sorprendente colección de matices.

    Ni xenofobia ni ingenuidad

    Hay que decirlo claramente.

    Quien llega en condiciones desesperadas merece ayuda.

    Pero ayudar no significa aceptar que una frontera deje de existir.

    Proteger a un menor no significa renunciar al control migratorio.

    Defender la dignidad de un inmigrante no significa negar los derechos de los ciudadanos que ya viven en Ceuta.

    Agentes de la Policía Nacional intervienen en una playa de Ceuta ante la llegada de inmigrantes por mar

    Y pedir seguridad no convierte automáticamente a nadie en racista.

    Del mismo modo, utilizar una crisis migratoria para alimentar odio contra cualquier extranjero tampoco es aceptable.

    Hay que poder defender simultáneamente humanidad y fronteras.

    No son conceptos incompatibles.

    Lo verdaderamente irresponsable es convertirlos en enemigos.

    ¿Y ahora qué?

    El Gobierno ha anunciado refuerzos policiales y medidas para acelerar determinados procedimientos de expulsión, mientras estudia soluciones para trasladar a menores a otros territorios.

    Pero la pregunta sigue siendo la misma:

    ¿Qué se va a hacer para que esto no vuelva a ocurrir?

    Porque enviar policías después de que se produzca una entrada masiva puede ser necesario.

    Pero no sustituye a la prevención.

    Y anunciar medidas después de que la ciudad esté desbordada no convierte automáticamente la gestión anterior en buena gestión.

    Tampoco parece suficiente repetir que “Marruecos es un socio fiable”.

    Los ciudadanos necesitan algo más que una frase diplomática.

    Necesitan saber que la frontera es efectivamente una frontera.

    Y necesitan comprobarlo.

    Las preguntas que nadie debería poder esquivar

    Por eso quizá haya llegado el momento de dejar de discutir exclusivamente sobre etiquetas y empezar a exigir respuestas.

    ¿De verdad todo lo ocurrido en Ceuta no tiene importancia?

    ¿De verdad se puede hablar de normalidad cuando los recursos de acogida están desbordados y hay personas viviendo en condiciones precarias?

    ¿De verdad alguien cree que basta con repetir que Marruecos es un socio fiable cuando una entrada masiva ha puesto en jaque a la ciudad?

    ¿No debería existir una estrategia de Estado, acordada por todos los grandes partidos, para defender la soberanía, controlar las fronteras y garantizar la seguridad de Ceuta?

    ¿No debería España exigir a la Unión Europea que considere Ceuta una frontera europea y no una periferia incómoda que aparece en las noticias cuando hay una crisis?

    ¿Debe procederse al retorno de las personas que hayan entrado irregularmente cuando legalmente corresponda, con todas las garantías y respetando las obligaciones internacionales?

    Y hay una pregunta todavía más incómoda.

    Si tantas personas arriesgan su vida para abandonar Marruecos y, una vez en Ceuta, muchas de ellas prefieren permanecer en condiciones miserables antes que regresar, ¿no significa eso que su situación de origen es verdaderamente dramática?

    Naturalmente que sí.

    Pero de ahí surge otra pregunta:

    ¿Debe ser España quien pague indefinidamente el precio de la miseria, la falta de oportunidades o las deficiencias estructurales de otros países?

    España debe ayudar.

    Europa debe ayudar.

    Hay que proteger al vulnerable.

    Pero también hay que proteger a quien ya vive aquí.

    Porque una política migratoria responsable no puede basarse ni en el “que entren todos” ni en el “que se vayan todos”.

    Tiene que basarse en algo mucho más incómodo:

    ley, control, humanidad, recursos y responsabilidad.

    Y quizá ese sea precisamente el problema.

    Que gobernar consiste en tomar decisiones.

    Y algunas decisiones no caben en un eslogan.

    Mientras tanto, en Ceuta, los ciudadanos siguen esperando que alguien les explique por qué aquello que ven con sus propios ojos no coincide demasiado con la “normalidad” que escuchan desde los despachos.

    Quizá porque desde un despacho es muy fácil hablar de normalidad.

    Desde una playa llena de personas sin techo, desde un comercio que no puede abrir o desde una familia que ha dejado de sentirse tranquila en su propia ciudad, la palabra puede sonar bastante diferente.

    Ceuta no necesita discursos tranquilizadores. Necesita respuestas.

    Y, sobre todo, necesita que España deje de descubrir sus fronteras solamente cuando las fronteras ya han sido desbordadas.