Una ciudad desbordada, miles de personas atrapadas en la precariedad y un Gobierno empeñado en explicarnos que todo está bajo control. Quizá el problema sea que los que viven allí no han recibido todavía el guion de la normalidad.
Hay fotografías que explican una crisis mucho mejor que cien ruedas de prensa. En Ceuta hay personas durmiendo en playas, calles y espacios improvisados; hay menores que necesitan protección; hay ciudadanos que están intentando ayudar con alimentos, ropa y productos básicos; y hay una ciudad que lleva días intentando absorber una presión migratoria que ha desbordado sus recursos.

Pero, tranquilos: todo está normal.
Lo dice el relato oficial. Lo dice, con diferentes matices, esa liturgia política según la cual cualquier problema parece solucionarse cambiándole el nombre.
No es una crisis: es una “situación compleja”.
No es un desbordamiento: es una “contingencia migratoria”.
No es una frontera incapaz de controlar una entrada masiva: es un “episodio extraordinario”.
Y, por supuesto, no es responsabilidad de nadie.
Porque en España hemos perfeccionado una técnica política extraordinaria: cuando algo funciona mal, se crea una comisión; cuando funciona peor, se anuncia un plan; y cuando directamente se desborda, se organiza una rueda de prensa para explicar que la situación está “controlada”.
Mientras tanto, que los ceutíes se tranquilicen.
El drama que no debería necesitar ideología
Empecemos por lo evidente.
Hay seres humanos en Ceuta que están viviendo una situación dramática.
Personas que han cruzado desde Marruecos buscando una vida mejor y que ahora se encuentran atrapadas en una especie de limbo. Algunas duermen al raso. Otras carecen de recursos básicos. Los servicios de acogida están desbordados y la población local está colaborando para cubrir necesidades que, en una emergencia de estas dimensiones, difícilmente deberían recaer exclusivamente sobre la solidaridad espontánea de los vecinos.
Y especialmente preocupante es la situación de los menores.
A finales de julio, Ceuta ya había pasado de 210 menores tutelados a 472 en apenas dos semanas, con una sobreocupación declarada del sistema del 1.600%.

Después llegó la entrada masiva.
El Gobierno ha contabilizado 1.342 menores extranjeros no acompañados y las estimaciones de organizaciones sociales son incluso superiores. La capacidad ordinaria de los recursos quedó completamente superada.
Aquí no debería haber trincheras ideológicas.
Un menor abandonado en una calle de Ceuta no es de izquierdas ni de derechas.
Tiene derecho a protección.
Punto.
Pero precisamente porque el problema humanitario es real, también resulta legítimo preguntar por qué se ha permitido que la situación llegue hasta aquí.
Porque una cosa es defender los derechos de quien llega.
Y otra muy distinta es considerar que la existencia de esos derechos convierte automáticamente en inexistente el derecho de una ciudad a tener una frontera controlada, unos servicios públicos capaces de funcionar y unos ciudadanos que puedan vivir normalmente.
Y después están los ceutíes
Hay una parte de esta historia que parece incomodar especialmente.
Los ceutíes.
Porque resulta que Ceuta no es un decorado para los informativos. Allí vive gente.
Hay comerciantes.
Hay trabajadores.
Hay familias.
Hay niños.
Hay personas que quieren salir a pasear, ir a la playa, abrir sus negocios, utilizar los espacios públicos y vivir sin tener permanentemente la sensación de estar dentro de una crisis que otros observan desde la distancia.
El entrenador del Ceuta, José Juan Romero, ha llegado a expresar públicamente su malestar por la situación y por el impacto que está teniendo sobre la vida cotidiana de la ciudad.
Y esto debería hacernos pensar.
Porque cuando una persona de Ceuta dice que familiares y conocidos evitan determinadas zonas o que la situación está condicionando su vida cotidiana, quizá no sea necesario responderle desde Madrid con una estadística.
Quizá habría que escucharla.

La solidaridad no puede convertirse en una carretera de un solo sentido.
También hay que ser solidario con quien vive allí.
Y eso no convierte a nadie en xenófobo.
La frontera también existe
Durante años se ha hablado de Ceuta y Melilla como si fueran una cuestión secundaria.
Hasta que un día la frontera deja de ser una línea dibujada en un mapa y se convierte en una avalancha de personas intentando entrar.
Entonces descubrimos que las fronteras existen.
Qué sorpresa.
La cuestión es que una frontera no puede funcionar solamente cuando todo está tranquilo.
Una frontera sirve precisamente para controlar las situaciones extraordinarias.
Y aquí aparece una de las preguntas más incómodas: ¿qué información tenía el Gobierno antes de que se produjera la entrada masiva y qué se hizo con ella?
Porque si había informes, advertencias o señales de que podía producirse una situación de estas características, habrá que explicar por qué no se actuó antes.
Y si nadie lo sabía, habrá que explicar cómo puede ser que nadie lo supiera.
Lo que no parece razonable es descubrir la gravedad del problema cuando las personas ya están dentro.
Eso no es prevención.
Eso es reaccionar.
Y reaccionar tarde también es una forma de política.

Marruecos: socio fiable, frontera imprevisible
Durante años se nos ha explicado que Marruecos es un socio estratégico, fiable y fundamental para España.
Perfecto.
Los socios estratégicos son necesarios.
Pero precisamente por eso habría que poder formular preguntas incómodas.
¿Qué ocurre cuando miles de personas atraviesan la frontera?
¿Qué mecanismos existen para impedirlo?
¿Qué compromisos concretos existen?
¿Qué garantías tenemos?
Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando esos mecanismos fallan?
Porque la diplomacia está muy bien para las fotografías, las cumbres y los comunicados.
Pero una frontera no se controla con fotografías.
Se controla con medios, coordinación, vigilancia, capacidad operativa y decisiones políticas.
Y si todo eso falla, alguien tiene que asumir la responsabilidad.
El silencio selectivo del “buenismo”
Y llegamos a una cuestión todavía más incómoda.
¿Dónde están ahora algunos de los grandes defensores de las movilizaciones cuando el problema no ocurre en abstracto, sino delante de las casas de miles de españoles?
¿Dónde están las grandes protestas?
¿Dónde están los piquetes?
¿Dónde están las flotillas?
¿Dónde están las campañas internacionales?
¿Dónde está la indignación permanente?
Quizá el problema sea que la realidad tiene la mala costumbre de no respetar los argumentarios.
Es fácil decir desde un plató que hay que abrir las fronteras.
Es bastante más complicado explicar qué hacemos cuando una ciudad de poco más de 18 kilómetros cuadrados recibe de golpe una presión migratoria que sus servicios no pueden absorber.
Es muy fácil decir “acoger”.
Mucho más difícil es responder quién acoge, dónde, durante cuánto tiempo, con qué recursos y bajo qué condiciones.
Y todavía más difícil explicar qué hacemos después.
Porque el progresismo de salón funciona estupendamente mientras el problema aparece en una pantalla.
Cuando aparece delante de la puerta de casa, el discurso suele adquirir una sorprendente colección de matices.
Ni xenofobia ni ingenuidad
Hay que decirlo claramente.
Quien llega en condiciones desesperadas merece ayuda.
Pero ayudar no significa aceptar que una frontera deje de existir.
Proteger a un menor no significa renunciar al control migratorio.
Defender la dignidad de un inmigrante no significa negar los derechos de los ciudadanos que ya viven en Ceuta.

Y pedir seguridad no convierte automáticamente a nadie en racista.
Del mismo modo, utilizar una crisis migratoria para alimentar odio contra cualquier extranjero tampoco es aceptable.
Hay que poder defender simultáneamente humanidad y fronteras.
No son conceptos incompatibles.
Lo verdaderamente irresponsable es convertirlos en enemigos.
¿Y ahora qué?
El Gobierno ha anunciado refuerzos policiales y medidas para acelerar determinados procedimientos de expulsión, mientras estudia soluciones para trasladar a menores a otros territorios.
Pero la pregunta sigue siendo la misma:
¿Qué se va a hacer para que esto no vuelva a ocurrir?
Porque enviar policías después de que se produzca una entrada masiva puede ser necesario.
Pero no sustituye a la prevención.
Y anunciar medidas después de que la ciudad esté desbordada no convierte automáticamente la gestión anterior en buena gestión.
Tampoco parece suficiente repetir que “Marruecos es un socio fiable”.
Los ciudadanos necesitan algo más que una frase diplomática.
Necesitan saber que la frontera es efectivamente una frontera.
Y necesitan comprobarlo.
Las preguntas que nadie debería poder esquivar
Por eso quizá haya llegado el momento de dejar de discutir exclusivamente sobre etiquetas y empezar a exigir respuestas.
¿De verdad todo lo ocurrido en Ceuta no tiene importancia?
¿De verdad se puede hablar de normalidad cuando los recursos de acogida están desbordados y hay personas viviendo en condiciones precarias?
¿De verdad alguien cree que basta con repetir que Marruecos es un socio fiable cuando una entrada masiva ha puesto en jaque a la ciudad?
¿No debería existir una estrategia de Estado, acordada por todos los grandes partidos, para defender la soberanía, controlar las fronteras y garantizar la seguridad de Ceuta?
¿No debería España exigir a la Unión Europea que considere Ceuta una frontera europea y no una periferia incómoda que aparece en las noticias cuando hay una crisis?
¿Debe procederse al retorno de las personas que hayan entrado irregularmente cuando legalmente corresponda, con todas las garantías y respetando las obligaciones internacionales?
Y hay una pregunta todavía más incómoda.
Si tantas personas arriesgan su vida para abandonar Marruecos y, una vez en Ceuta, muchas de ellas prefieren permanecer en condiciones miserables antes que regresar, ¿no significa eso que su situación de origen es verdaderamente dramática?
Naturalmente que sí.
Pero de ahí surge otra pregunta:
¿Debe ser España quien pague indefinidamente el precio de la miseria, la falta de oportunidades o las deficiencias estructurales de otros países?
España debe ayudar.
Europa debe ayudar.
Hay que proteger al vulnerable.
Pero también hay que proteger a quien ya vive aquí.
Porque una política migratoria responsable no puede basarse ni en el “que entren todos” ni en el “que se vayan todos”.
Tiene que basarse en algo mucho más incómodo:
ley, control, humanidad, recursos y responsabilidad.
Y quizá ese sea precisamente el problema.
Que gobernar consiste en tomar decisiones.
Y algunas decisiones no caben en un eslogan.
Mientras tanto, en Ceuta, los ciudadanos siguen esperando que alguien les explique por qué aquello que ven con sus propios ojos no coincide demasiado con la “normalidad” que escuchan desde los despachos.
Quizá porque desde un despacho es muy fácil hablar de normalidad.
Desde una playa llena de personas sin techo, desde un comercio que no puede abrir o desde una familia que ha dejado de sentirse tranquila en su propia ciudad, la palabra puede sonar bastante diferente.
Ceuta no necesita discursos tranquilizadores. Necesita respuestas.
Y, sobre todo, necesita que España deje de descubrir sus fronteras solamente cuando las fronteras ya han sido desbordadas.





