Hay una máxima no escrita en las democracias maduras que sostiene que las cosas del comer —es decir, la defensa, la posición estratégica y las relaciones exteriores— no se juegan a la ruleta rusa en el tablero de la política doméstica. La política exterior de un país solía ser una cuestión de Estado: fría, calculada, negociada en despachos discretos y respaldada por consensos parlamentarios amplios. Solía serlo. Hoy en España, la diplomacia se parece más a una serie de telerrealidad grabada desde el Palacio de la Moncloa, donde las decisiones estratégicas de alcance decenal se toman entre desayuno y desayuno, sin consultar a la oposición, sin pasar por el Congreso y, desde luego, sin preocuparse demasiado por las facturas que luego nos llegan a todos los demás.
En los últimos tiempos asistimos con una mezcla de perplejidad y resignación a la transformación de la presencia internacional de España en una gigantesca pasarela de autoafirmación ideológica. El objetivo ya no parece ser el interés general de los ciudadanos ni la defensa sólida de nuestros límites territoriales, sino el aplauso encendido en las convenciones del sector más hiperventilado de la izquierda internacional y el posicionamiento en la quiniela para presidir la Internacional Socialista. El problema es que los fuegos artificiales diplomáticos duran pocos segundos, pero los daños colaterales en la relevancia de España duran décadas.
El giro copernicano en el Magreb: Marruecos manda, Argelia cobra
Si hay un monumento a la unilateralidad y al desconcierto estratégico, ese es el giro histórico respecto al Sahara Occidental. Un buen día, mediante una carta enviada a Rabat de la que los españoles nos enteramos casi por la prensa del país vecino, el Gobierno decidió dinamitar la posición de neutralidad activa que España había mantenido durante casi medio siglo. Todo ello sin debate parlamentario, sin informar al socio principal de la oposición y sin pestañear.
¿El resultado de semejante genialidad táctica? Rabat acogió el gesto con la cortesía de quien se sabe ganador y, lejos de sellar definitivamente el respeto a la integridad territorial española, ha continuado ejerciendo la presión migratoria como palanca política sobre la frontera sur. Las escenas vividas en Ceuta y la constante presión sobre la soberanía de las plazas africanas son un recordatorio permanente de que conceder gratis a cambio de nada en diplomacia no genera aliados, sino clientes insaciables.
Y mientras en Rabat se descorchaba champán, en Argel la indignación provocó la suspensión del tratado de amistad y el bloqueo de transacciones comerciales que dejaron a las empresas españolas en fuera de juego durante meses. Cambiamos la estabilidad energética y comercial con Argelia por una palmada en la espalda de Marruecos que dura exactamente lo que tarda en organizarse la siguiente oleada migratoria en la valla. Un negocio brillante, sin duda.

Cruzadas unilaterales: De Palestina al aislamiento en la UE
La misma querencia por el titular efectista se ha trasladado al escenario de Oriente Medio. Nadie discute la urgencia humanitaria ni la necesidad de buscar soluciones pacíficas a conflictos sangrientos, pero la diplomacia internacional requiere cálculo de tiempos, alianzas cruzadas y coordinación europea. España, sin embargo, prefirió arrojarse a la piscina antes de comprobar si había agua, encabezando reconocimientos y declaraciones unilaterales que nos aislaron de la corriente central de la Unión Europea y de nuestros socios de la Alianza Atlántica.
Buscando liderar el discurso del progresismo global, el Ejecutivo provocó tensiones diplomáticas directas con socios de primer orden y desalineó a España de las posiciones comunes que habitualmente pactan Alemania, Francia u otras potencias comunitarias. Ganamos, eso sí, una mención encomiástica por parte de facciones radicales y portadas muy vistosas en medios internacionales de nicho. Perdimos, a cambio, la capacidad de actuar como un mediador creíble e influyente en los verdaderos foros de negociación. Es la trampa de la diplomacia performativa: el aplauso dura un minuto; la pérdida de confianza de tus aliados tradicionales dura años.

La soberanía por decreto: Inmigración desbordada y la «Ley de Nietos»
La falta de una estrategia exterior consensuada se traduce directamente en la realidad cotidiana de los ciudadanos. La política migratoria ha dejado de ser una herramienta coordinada de gestión de flujos para convertirse en un ejercicio de retórica buenista desprovisto de medios, planificación e infraestructuras. Mientras las comunidades autónomas y los municipios se ven colapsados ante la llegada constante de personas en situaciones extremas, la respuesta gubernamental oscila entre el reparto improvisado y la acusación de insolidaridad a quien pide rigor y control.
A esto se suma la deriva de la disposición adicional de la Ley de Memoria Democrática, conocida popularmente como la «Ley de Nietos». Concebida sobre el papel para reparar injusticias históricas, se ha terminado convirtiendo en una vía masiva de concesión de la nacionalidad española en el exterior sin exigencias reales de arraigo, reciprocidad o vinculación efectiva con la sociedad española actual. Decenas de miles de nuevos expedientes se tramitan en consulados colapsados, regalando el estatus de ciudadano de la UE mientras se ignora el impacto presupuestario, fiscal y asistencial que estas decisiones unilaterales tendrán en los servicios públicos del futuro.

La irrelevancia en la cumbre: Sonrisas para el selfi, silencio en la mesa de decisiones
¿En qué se traduce todo este voluntarismo diplomático cuando llega la hora de la verdad? En una pérdida progresiva pero innegable de peso específico. Nos encontramos en una época de altísima inestabilidad geopolítica, donde se están reconfigurando la seguridad europea, las rutas comerciales y las alianzas industriales del siglo XXI. En las grandes cumbres de la OTAN y de la Unión Europea, el papel de España se ha reducido drásticamente.
Mientras las potencias continentales toman las decisiones complejas en materia de gasto militar, defensa autónoma europea o alianzas estratégicas con la cuenca del Atlántico y el Indo-Pacífico, a España le queda el papel de figurante entusiasta. Eso sí, con un manejo impecable de la fotogenia. Somos los primeros en hacernos la foto de familia y en sonreír en el pasillo, pero los últimos en influir en las actas finales. Se ha confundido la presencia mediática del presidente con la relevancia geopolítica del Estado.
¿Política de Estado o plataforma personal?
Gobernar a golpe de decreto en política exterior, ignorando las exigencias de consenso con las fuerzas parlamentarias mayoritarias, puede dar dividendos a corto plazo en las encuestas internas o asegurar una posición cotizada en los organismos internacionales cuando toque abandonar la Moncloa. Sin embargo, las consecuencias de fracturar la posición de un país las terminan pagando las empresas que exportan, los ciudadanos que financian el estado del bienestar y la propia seguridad nacional.
La política exterior no le pertenece al inquilino circunstancial de la Moncloa. Es el patrimonio de todo un país y la garantía de su futuro en un mundo convulso.
Queremos saber tu opinión: ¿Qué rumbo debe tomar España?
Llegados a este punto, la pregunta es obligada para el lector que observa cómo se decide el lugar de España en el mundo sin que nadie le haya consultado:
- ¿Crees que el Gobierno está en lo correcto al asumir un papel de liderazgo unilateral en causas internacionales, aunque esto suponga distanciarse de nuestros socios habituales de la UE y la OTAN?
- ¿Consideras que decisiones clave como el cambio de postura sobre el Sahara o la política migratoria deberían requerir un acuerdo obligatorio entre los principales partidos del arco parlamentario antes de ser aprobadas?
- ¿Crees que la imagen exterior de España ha mejorado su influencia real en el mundo o que hemos ganado en titulares ideológicos a costa de perder peso estratégico e integridad territorial?
Déjanos tu comentario abajo y súmate al debate.


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