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  • Ceuta después del verano: ¿y ahora qué?

    Ceuta después del verano: ¿y ahora qué?

    Cuando las cámaras se van, la ciudad se queda

    Hay una pregunta que empieza a ser mucho más incómoda que cualquier debate político sobre lo sucedido en Ceuta este verano:

    ¿Y ahora qué?

    Porque una vez conocidos los informes, analizadas las circunstancias y aparcadas —al menos por ahora— las responsabilidades que puedan corresponder a unos u otros, queda algo mucho más elemental: una ciudad que tiene que seguir viviendo.

    Un grupo numeroso de personas camina en fila por una calle asfaltada junto a coches aparcados y casas en Ceuta.

    Y ahí es donde comienza el verdadero problema.

    Ceuta no puede vivir permanentemente en modo emergencia. Tampoco puede convertirse en una especie de sala de espera a cielo abierto en la que nadie sabe cuánto durará la situación, qué ocurrirá mañana ni cuándo llegará una solución.

    Durante semanas hemos visto imágenes de una ciudad sometida a una presión extraordinaria. Negocios afectados, vecinos condicionados, ciudadanos que han cambiado sus hábitos, playas que han dejado de ser ese espacio de descanso que forma parte de la vida cotidiana, personas que han sentido miedo o preocupación a la hora de salir a la calle.

    Y quizá lo más preocupante sea precisamente eso: que para muchos ceutíes este verano no ha sido un verano normal.

    No han podido disfrutar de su ciudad con la normalidad que deberían.

    Y mientras tanto, las cámaras han mostrado la realidad.

    Pero las cámaras, como siempre, acabarán marchándose.

    Los ceutíes no.

    El problema es que septiembre no borra agosto

    Llegará el otoño.

    Comenzará el curso escolar.

    Volverán las rutinas, los colegios, los comercios, los horarios, los trabajos y la vida cotidiana. O, al menos, eso debería ocurrir.

    Pero resulta difícil hablar de normalidad cuando todavía existen asentamientos, personas migrantes que permanecen en las calles, centros de estancia temporal que se multiplican y una presión que no parece tener una fecha concreta de finalización.

    Y aquí aparece una cuestión que merece ser planteada sin consignas y sin trincheras:

    ¿Cómo se recupera la normalidad de una ciudad cuando la situación excepcional comienza a convertirse en permanente?

    Porque una emergencia puede gestionarse. Lo que no puede gestionarse indefinidamente es una emergencia convertida en sistema.

    Y eso es precisamente lo que Ceuta no puede permitirse.

    Ni los ceutíes pueden pagar el precio ni los migrantes pueden quedar abandonados

    Hay algo que debería resultar evidente.

    La solución no puede consistir en abandonar a su suerte a quienes han llegado a Ceuta. Pero tampoco puede consistir en pedir a los ceutíes que soporten indefinidamente una situación extraordinaria mientras las administraciones discuten, estudian, elaboran informes o esperan que el problema desaparezca por agotamiento.

    Porque no desaparecerá por decreto. Y mucho menos porque dejemos de hablar de él.

    Los migrantes necesitan una respuesta digna, ordenada y con perspectivas reales.

    Vista urbana de una avenida céntrica en Ceuta con el Hotel Puerta de África, palmeras, jardineras y farolas ornamentales bajo un cielo despejado.

    Los ceutíes necesitan recuperar su ciudad.

    Las dos cosas no deberían ser incompatibles.

    De hecho, deberían formar parte de la misma solución.

    Lo verdaderamente inaceptable sería construir una respuesta en la que unos tengan que pagar necesariamente el precio de la dignidad de los otros.

    ¿Dónde están las soluciones inmediatas?

    Y aquí llegamos a la parte más desconcertante.

    Después de semanas de tensión, de imágenes, de debates y de preocupación ciudadana, la sensación que queda es que no existen actuaciones inmediatas capaces de cambiar sustancialmente el escenario.

    No aparece una solución rápida.

    No aparece una estrategia suficientemente clara.

    No aparece una respuesta que permita decirle a la ciudadanía:

    «Esto es lo que vamos a hacer y este es el calendario.»

    Y mientras tanto, el tiempo sigue corriendo.

    La ayuda ciudadana, que durante semanas ha demostrado una capacidad de solidaridad extraordinaria, empieza a agotarse.

    Porque también la solidaridad tiene límites materiales.

    Los ciudadanos pueden ayudar durante un tiempo.

    Pueden aportar alimentos, ropa, recursos, alojamiento o atención.

    Pero una sociedad no puede organizar indefinidamente con voluntarismo ciudadano lo que debería formar parte de una respuesta institucional.

    La solidaridad puede ser el salvavidas de una emergencia. No puede convertirse en el modelo de gestión de una crisis permanente.

    Y llega el invierno

    Esta es quizá una de las cuestiones que menos debería admitir demoras.

    El verano permite ocultar algunas de las consecuencias más duras. Una playa puede convertirse temporalmente en un asentamiento. Pero ¿qué ocurrirá cuando llegue el invierno?

    Palmera inclinada por el fuerte viento frente a un mar picado con oleaje en el litoral de Ceuta bajo un cielo nublado.

    ¿Qué sucederá cuando lleguen el frío, las lluvias y los temporales?

    ¿Seguiremos viendo personas viviendo en asentamientos improvisados?

    ¿Seguiremos viendo migrantes deambulando por las calles?

    ¿Seguirán aumentando los centros de estancia temporal?

    ¿Hasta dónde puede crecer esa infraestructura en una ciudad de las dimensiones de Ceuta?

    Y, sobre todo:

    ¿qué solución estamos ofreciendo a esas personas?

    Porque tampoco es humano mantenerlas indefinidamente en una situación de incertidumbre.

    Ni es razonable para los vecinos. Ni es sostenible para la ciudad.

    Ni puede ser la respuesta de una Europa que presume de disponer de instituciones, recursos y capacidad administrativa para afrontar problemas mucho más complejos.

    Ceuta no puede convertirse en el aparcamiento de un problema europeo

    Quizá haya llegado el momento de formular una pregunta todavía más incómoda.

    ¿Quién está gestionando realmente el problema?

    Porque Ceuta puede ser frontera, puede ser puerta de entrada, puede ser territorio español y europeo.

    Pero no puede convertirse en el lugar donde simplemente se aparca un problema que después nadie quiere recoger.

    La ciudad necesita una estrategia.

    Y esa estrategia debería contemplar, como mínimo, varias cuestiones simultáneamente:

    • una gestión efectiva de los flujos migratorios;
    • una respuesta rápida para quienes no puedan permanecer en Ceuta;
    • condiciones dignas para quienes sí tengan derecho a protección o acogida;
    • recursos suficientes para los servicios públicos;
    • seguridad y tranquilidad para los ciudadanos;
    • medidas específicas para colegios, sanidad y servicios sociales;
    • apoyo económico real para los sectores afectados;
    • y una planificación clara para evitar que la situación excepcional termine convirtiéndose en permanente.

    No parece pedir demasiado.

    Parece pedir simplemente que alguien tenga un plan.

    Representantes políticos y autoridades reunidos en una mesa redonda en el Palacio de la Asamblea de Ceuta, con las banderas de España, la Unión Europea y Ceuta de fondo.

    Porque gobernar también significa anticiparse

    No hace falta entrar ahora en quién hizo qué.

    Eso llegará, si tiene que llegar.

    Las responsabilidades políticas, administrativas o de cualquier otra naturaleza deberán determinarse en su momento y por las vías correspondientes.

    Pero mientras unos discuten sobre el pasado, Ceuta tiene que enfrentarse al futuro.

    Y el futuro no espera a que termine una comisión, se publique otro informe o se encuentre una explicación políticamente conveniente.

    Septiembre está aquí.

    Después llegará octubre.

    Y noviembre.

    Y diciembre.

    Y cada mes que pase sin una estrategia clara hará más difícil recuperar una normalidad que ya empieza a parecer extraordinaria.

    ¿Qué opciones tenemos realmente?

    Quizá haya llegado el momento de abandonar las falsas soluciones.

    Ni la solución puede ser «que se marchen todos». Ni puede ser «que se queden todos». Ni puede ser «ya veremos».

    Entre esos tres extremos existe algo bastante más difícil:

    Gestionar.

    Gestionar significa establecer quién puede permanecer, quién debe ser trasladado, quién necesita protección, quién tiene derecho a ella, qué recursos son necesarios y cómo se garantiza que Ceuta no soporte en solitario una presión que afecta a España y, por extensión, a Europa.

    También significa decidir qué modelo de acogida puede soportar la ciudad.

    Y qué modelo no puede soportar.

    Porque reconocer los límites de una ciudad no es falta de solidaridad.

    Es reconocer la realidad.

    Tal vez la solución tenga que empezar por una palabra que parece haberse olvidado: equilibrio

    Ceuta necesita recuperar el equilibrio.

    Equilibrio entre humanidad y seguridad.

    Entre acogida y capacidad.

    Entre derechos y obligaciones.

    Entre solidaridad y responsabilidad.

    Entre la protección de quienes llegan y la protección de quienes ya viven allí.

    Personas paseando y conversando en un paseo peatonal arbolado en Ceuta, con niños y carritos de bebé.

    Y para conseguirlo hará falta algo que hasta ahora ha brillado demasiado por su ausencia:

    una estrategia que vaya más allá de apagar el incendio del día.

    Porque Ceuta no puede vivir esperando cuál será la próxima crisis.

    Y tampoco puede permitirse que la crisis de este verano termine convirtiéndose en la normalidad del próximo.

    La pregunta que queda sobre la mesa

    Quizá, después de todo lo ocurrido, la pregunta más importante ya no sea quién tuvo la culpa.

    Esa pregunta tendrá su momento.

    La pregunta urgente es otra:

    ¿Qué vamos a hacer a partir de ahora?

    ¿Qué ocurrirá con los asentamientos cuando llegue el invierno?

    ¿Qué ocurrirá con los migrantes que continúan en las calles?

    ¿Qué ocurrirá con los centros de estancia temporal?

    ¿Qué ocurrirá con los colegios?

    ¿Qué ocurrirá con los comercios que han sufrido las consecuencias?

    ¿Qué ocurrirá con una ciudadanía que empieza a sentirse cansada, preocupada y, en algunos casos, sencillamente abandonada?

    Y finalmente:

    ¿qué ocurrirá con Ceuta?

    Porque quizá haya llegado el momento de entender que no se trata de elegir entre los ceutíes y los migrantes.

    Se trata de encontrar una solución que permita que unos y otros puedan recuperar algo tan elemental como una vida digna y tranquila.

    Los migrantes necesitan una respuesta.

    Los ceutíes también.

    Y Europa necesita demostrar que sus fronteras, sus derechos y sus valores no son conceptos incompatibles, sino responsabilidades que deben gestionarse conjuntamente.

    Porque una cosa es segura:

    Ceuta no puede seguir esperando.

    Las cámaras podrán marcharse.

    Los titulares desaparecerán.

    Los debates televisivos cambiarán de asunto.

    Pero la ciudad seguirá allí.

    Y mañana, cuando vuelva a amanecer sobre Ceuta, alguien tendrá que responder a la pregunta que hoy sigue sin respuesta:

    ¿Y ahora qué?

  • Ceuta y el espejo incómodo de Raspail: cuando la realidad empieza a parecerse demasiado a la ficción

    Ceuta y el espejo incómodo de Raspail: cuando la realidad empieza a parecerse demasiado a la ficción

    Hay novelas que envejecen. Otras se convierten en clásicos. Y algunas, para desgracia de quienes preferirían que la realidad obedeciera dócilmente a sus consignas, empiezan a parecerse peligrosamente a una crónica anticipada.

    El campamento de los santos, la polémica novela de Jean Raspail, publicada en 1973, pertenece a esa última categoría. Durante décadas fue presentada como una obra maldita, reaccionaria, incómoda o directamente xenófoba. Y, sin embargo, más de medio siglo después, resulta difícil leerla sin reconocer que algunas de las preguntas que plantea siguen perfectamente vivas.

    Después llegó Michel Houellebecq con Sumisión, publicada en 2015. Otra novela incómoda. Otra provocación. Otro espejo que muchos prefirieron romper antes que detenerse a mirar qué demonios estaba reflejando.

    Pero si algo resulta verdaderamente inquietante hoy es que es imposible leer a Raspail y no ver, entre sus páginas, algo de Ceuta.

    Y también de Marruecos.

    Y de cierta prensa especialmente afinada con el Gobierno.

    Y de Pedro Sánchez.

    Y del PSOE.

    Y de la Cruz Roja.

    Y, sobre todo, de los ceutíes.

    Leer a Raspail y encontrarse con Ceuta

    Conviene dejar algo claro antes de que aparezca el habitual comité de vigilancia moral dispuesto a repartir certificados de humanidad: cuestionar una entrada masiva, desordenada o utilizada como instrumento de presión política no significa estar en contra de la inmigración como fenómeno humano.

    La inmigración existe, ha existido siempre y seguirá existiendo. Hay personas que huyen de guerras, pobreza, persecución o simplemente buscan una vida mejor. Negar esa realidad sería tan absurdo como cruel.

    Pero una cosa es defender una inmigración legal, ordenada, regulada y compatible con la capacidad de acogida e integración de una sociedad.

    Y otra muy distinta es pretender que cualquier entrada irregular, cualquier llegada masiva o cualquier episodio de presión fronteriza debe ser recibido con aplausos, fotografías, abrazos institucionales y una acusación automática de xenofobia contra quien se atreva a preguntar qué está ocurriendo.

    Porque entonces ya no estamos hablando de solidaridad.

    Estamos hablando de la renuncia a gobernar.

    Y Ceuta sabe perfectamente de qué hablamos.

    Un libro antiguo abierto sobre una mesa de madera muestra en sus páginas un grabado del perfil de Ceuta, la valla fronteriza con concertinas y el mar. En la parte superior se lee la frase "Las novelas pueden cerrarse. Las fronteras hay que gobernarlas." Al fondo reposan otros libros antiguos, uno de ellos con el título "Sumisión" de Michel Houellebecq.

    Resulta imposible recorrer hoy las páginas de El campamento de los santos sin que aparezcan, inevitablemente, imágenes de una ciudad española situada en la frontera sur de Europa y sometida periódicamente a una presión que, en determinados momentos, deja de parecer un fenómeno migratorio ordinario para convertirse en algo mucho más parecido a una operación de presión organizada desde el otro lado de la frontera.

    Porque el problema de Ceuta no es la existencia de inmigrantes.

    El problema es qué ocurre cuando Marruecos convierte la frontera en una herramienta política y miles de personas terminan entrando o intentando entrar en territorio español en un contexto que difícilmente puede analizarse como si fuera simplemente una sucesión espontánea de decisiones individuales.

    Y ahí es donde las palabras importan. Porque llamar a todo «crisis migratoria» puede resultar muy cómodo.

    Especialmente si así evitamos pronunciar otras palabras bastante más incómodas: presión, instrumentalización o invasión de facto.

    No una invasión en el sentido racial o civilizatorio que algunos querrán atribuir inmediatamente a quien utilice el término. No.

    Una invasión entendida como lo que puede ser: la entrada masiva e irregular de miles de personas en territorio de otro país en un contexto de presión fronteriza permitida, facilitada o utilizada políticamente.

    Y resulta difícil discutir que Ceuta ha vivido episodios que se acercan peligrosamente a esa definición.

    Los ceutíes, bombardeados desde la distancia

    Pero quizá lo más insoportable de todo no sea únicamente la presión que llega desde el otro lado de la frontera.

    Quizá lo más irritante sea observar cómo, desde Madrid y desde determinados medios de comunicación, se pretende explicar a los ceutíes cómo deben sentirse.

    Porque hay algo extraordinariamente cómodo en hablar de solidaridad desde un despacho situado a cientos de kilómetros de una frontera.

    Es fácil pedir empatía cuando la presión no afecta a tu barrio.

    Es sencillo reclamar humanidad cuando tus colegios no tienen que absorber el impacto.

    Es muy noble pronunciar grandes discursos cuando tus servicios públicos no son los que tienen que responder a una situación de emergencia.

    Y es especialmente confortable acusar de insolidario a quien vive las consecuencias desde la distancia de un plató.

    Los ceutíes parecen condenados a una extraña forma de pedagogía institucional: recibir el problema, soportar sus consecuencias y, además, aceptar la lección moral de quienes no tienen que vivirlo.

    Todo ello, por supuesto, en nombre de la empatía y la solidaridad.

    Una empatía que, curiosamente, parece funcionar siempre en una única dirección.

    Porque la solidaridad exige recursos.

    Exige planificación.

    Exige seguridad.

    Exige coordinación.

    Exige capacidad de acogida.

    Y exige, sobre todo, que el Estado no abandone a sus propios ciudadanos mientras les explica que deben sentirse culpables por preocuparse.

    Los ceutíes no son enemigos de nadie.

    No son racistas por definición.

    No son xenófobos porque quieran fronteras.

    Son ciudadanos españoles que viven en una ciudad especialmente vulnerable y que tienen derecho a exigir que su Gobierno proteja su seguridad, sus recursos y su convivencia.

    Lo contrario no es solidaridad.

    Es utilizar la superioridad moral como sustituto de la política.

    El Gobierno, más preocupado por el relato que por la frontera

    Y entonces aparece el Gobierno.

    O, más concretamente, aparece su capacidad casi sobrenatural para transformar cualquier crisis en una cuestión de relato.

    Porque ante determinados episodios ocurridos en Ceuta, la prioridad parece no ser siempre responder a una pregunta elemental:

    ¿Cómo ha sido posible que miles de personas puedan ejercer semejante presión sobre territorio español?

    No.

    Antes hay que construir el relato.

    Hay que seleccionar cuidadosamente las imágenes.

    Hay que encontrar la emoción correcta.

    Hay que decidir qué términos pueden utilizarse y cuáles deben ser inmediatamente condenados.

    Y, por supuesto, hay que vigilar que nadie saque una conclusión políticamente incorrecta.

    Mientras tanto, Ceuta continúa siendo Ceuta.

    Con sus calles.

    Con sus vecinos.

    Con sus recursos limitados.

    Con sus problemas sanitarios y de seguridad cuando se producen situaciones de desbordamiento.

    Con una convivencia delicada que no se protege con consignas.

    Y con ciudadanos que tienen la desagradable costumbre de preguntarse quién está defendiendo realmente sus intereses.

    Porque da la sensación de que, en ocasiones, el Gobierno parece sentirse más incómodo ante la crítica de los invasores de la frontera que ante la indignación de los ciudadanos que viven dentro de ella.

    Y esa sensación, justa o injusta, es precisamente lo que un Gobierno responsable debería evitar.

    Pero para eso habría que gobernar el problema.

    Y no limitarse a administrarlo mediáticamente.

    La prensa afin y el manual de instrucciones

    Después está el papel de cierta prensa especialmente afinada con el Gobierno.

    Ese curioso periodismo que, dependiendo de quién esté en La Moncloa, descubre que las fronteras son una construcción moral, que las preguntas incómodas son sospechosas y que cualquier preocupación ciudadana puede esconder una oscura pulsión reaccionaria.

    La frontera puede estar siendo sometida a una presión extraordinaria.

    La ciudad puede estar desbordada.

    Los vecinos pueden mostrar preocupación.

    Las instituciones locales pueden reclamar medios.

    Pero siempre habrá quien considere que el verdadero problema es el lenguaje utilizado por quienes describen lo que está ocurriendo.

    El edificio puede estar ardiendo. Pero, por favor, no digan «fuego» con tono alarmista. No vaya a ser que alguien se sienta ofendido.

    Ese es, en cierta manera, uno de los grandes paralelismos con el universo de Raspail: la obsesión por controlar moralmente el debate antes que resolver materialmente el problema.

    Primero se decide qué se puede pensar. Después ya veremos qué hacemos con la realidad.

    Si es que queda algo por hacer.

    La Cruz Roja y la frontera de la solidaridad

    Y en medio de todo aparece también la Cruz Roja, realizando una labor humanitaria que resulta imprescindible cuando hay personas necesitadas de atención.

    Conviene decirlo sin ambigüedades: atender a una persona herida, agotada, enferma o en situación de vulnerabilidad no convierte a nadie en responsable de la situación que la ha llevado hasta allí.

    La ayuda humanitaria no es el problema.

    Nunca debería serlo.

    Fotografía documental en la zona de recepción de Ceuta. En primer plano, una voluntaria de la Cruz Roja con chaleco rojo atiende la mano de un joven migrante envuelto en una manta gris, mientras un sanitario con pijama azul revisa a un hombre mayor. Al fondo se observa una carpa de la Cruz Roja, ambulancias, cajas de agua y comida, y más personas recibiendo mantas térmicas y auxilio.

    El problema aparece cuando determinadas imágenes, discursos o campañas parecen utilizar la inevitable dimensión humana de una crisis para impedir cualquier debate sobre cómo y por qué se ha producido esa crisis.

    Una persona que necesita ayuda debe recibirla.

    Eso no significa que el Estado deba renunciar a proteger sus fronteras.

    Un menor necesita protección.

    Eso tampoco significa que pueda ignorarse quién ha permitido, facilitado o utilizado su llegada.

    La solidaridad y el control fronterizo no son conceptos incompatibles.

    Sólo lo parecen para quienes necesitan que el debate sea siempre un combate entre santos y monstruos.

    Y precisamente ahí es donde el título de Raspail adquiere una ironía particularmente incómoda.

    Porque parece que, para algunos, sólo existen dos posiciones posibles: abrirlo todo o ser un miserable.

    Humanidad o fronteras.

    Solidaridad o seguridad.

    Compasión o supervivencia.

    Como si una sociedad adulta fuera incapaz de defender simultáneamente ambas cosas.

    Donde Raspail se quedó corto: el presidente de vacaciones

    Pero hay un punto en el que El campamento de los santos se queda sorprendentemente corta.

    Y es en el personaje del presidente.

    Fotografía conceptual en una playa de arena negra en Lanzarote. En primer plano, el presidente del gobierno de espaldas descansando en una tumbona bajo una sombrilla de rayas, sosteniendo un periódico y un teléfono inteligente. Al fondo, sobre el agua del mar, hay una gran pantalla publicitaria que emite noticias en directo con imágenes de migrantes cruzando la valla fronteriza de Ceuta entre columnas de humo.

    Ni siquiera en sus peores fantasías literarias pudo probablemente imaginar Jean Raspail una escena como la que ofrece la política contemporánea: un presidente que puede irse de vacaciones mientras miles de inmigrantes ilegales desembarcan o intentan desembarcar en su país, ocupando y desbordando una de sus ciudades, sumiéndola en el caos y obligando a desplegar todos los recursos disponibles.

    Porque la ficción tiene límites. La política moderna, al parecer, no.

    Raspail imaginó dirigentes paralizados. Políticos incapaces de tomar decisiones. Elites más preocupadas por parecer virtuosas que por ejercer sus responsabilidades.

    Pero quizá ni él habría imaginado que el máximo responsable político de un país pudiera asistir al espectáculo desde la distancia vacacional mientras una de sus fronteras se convierte en escenario de una crisis.

    Eso sí sería demasiado inverosímil.

    Demasiado exagerado.

    Demasiado propio de una novela.

    Y, sin embargo, ahí está la realidad, empeñada una vez más en superar a la sátira.

    Porque hay algo profundamente revelador en el mensaje que recibe una ciudad cuando sus ciudadanos observan que su problema es tratado como una incidencia periférica mientras el presidente continúa con su agenda estival.

    El mensaje, aunque nadie lo pronuncie, acaba siendo inevitable:

    Ceuta puede esperar.

    Y eso es precisamente lo que Ceuta no debería aceptar.

    Marruecos no es un fenómeno meteorológico

    Otro de los problemas del debate consiste en presentar la presión fronteriza como si fuera una tormenta.

    Llueve.

    Sale el sol.

    Hay oleaje.

    Y, de repente, miles de personas aparecen intentando cruzar una frontera.

    Como si Marruecos fuera un accidente geográfico y no un Estado con intereses propios.

    Pero Marruecos tiene política exterior.

    Tiene estrategia.

    Tiene intereses territoriales.

    Y sabe perfectamente que Ceuta y Melilla forman parte de una relación bilateral extraordinariamente sensible.

    Por eso resulta difícil aceptar que cada episodio de presión pueda explicarse únicamente con palabras como pobreza, desesperación o migración.

    Todo eso puede existir.

    Ilustración en un libro abierto dividida en tres paneles: a la izquierda, una multitud caminando con el cartel "HACIA EUROPA"; en el centro, la frontera y el mapa de Ceuta con vehículos de emergencia; a la derecha, autoridades y portavoces dando una rueda de prensa ante los medios.

    Por supuesto.

    Pero la dimensión humana no elimina la dimensión política.

    Precisamente lo contrario: puede ser utilizada políticamente.

    Y cuando un Estado permite que seres humanos se conviertan en instrumentos de presión, el problema no desaparece porque los medios decidan centrar exclusivamente la cámara sobre el rostro más dramático.

    La persona merece atención.

    La política merece análisis.

    Y el Estado español tiene derecho —y obligación— de defender su territorio.

    Eso no es racismo.

    Eso se llama soberanía.

    Ceuta no es un plató para la superioridad moral

    La gran tragedia de Ceuta es que demasiadas veces se habla de ella sin escucharla.

    Se habla sobre Ceuta. Pero no siempre con Ceuta.

    Se utiliza su frontera para discursos nacionales. Sus crisis para batallas partidistas. Sus imágenes para construir relatos. Sus ciudadanos para demostrar que uno es más humano que el adversario.

    Y después, cuando desaparecen las cámaras, Ceuta sigue allí.

    Con el mismo problema. Con la misma frontera. Con los mismos vecinos.

    Y con la misma sensación de que, cuando las cosas se complican, el resto de España descubre durante unas horas que existe una ciudad en el norte de África.

    Luego llega otro asunto.

    Otro escándalo.

    Otra campaña.

    Y Ceuta vuelve a su lugar habitual: el margen de la conversación.

    Hasta la próxima crisis.

    Hasta el próximo salto.

    Hasta la próxima entrada masiva.

    Hasta que alguien vuelva a descubrir que las fronteras, por mucho que incomoden ideológicamente, siguen existiendo.

    La pregunta que nadie quiere responder

    Quizá por eso El campamento de los santos sigue siendo una novela incómoda.

    No porque deba ser interpretada como una profecía.

    No porque su visión extrema tenga que convertirse en un programa político.

    Y tampoco porque la inmigración sea una amenaza por definición.

    Sería absurdo.

    La pregunta que plantea Raspail es otra: ¿qué ocurre cuando una sociedad pierde la capacidad de establecer límites porque teme que cualquier límite sea considerado inmoral?

    Ceuta conoce bien esa pregunta.

    La conoce porque vive donde la frontera no es una teoría universitaria.

    Es una realidad.

    Una valla.

    Una playa.

    Una carretera.

    Un puesto fronterizo.

    Una presión diplomática.

    Y miles de ciudadanos que tienen derecho a que su Gobierno no los convierta en daño colateral de una estrategia basada en la imagen y la corrección política.

    La solidaridad es necesaria.

    La inmigración regulada también puede ser necesaria.

    La ayuda humanitaria es imprescindible.

    Pero ninguna de esas afirmaciones obliga a aceptar que una ciudad española pueda ser sometida periódicamente a una presión masiva sin que el Estado responda con la contundencia política, diplomática y operativa que merece.

    Porque ayudar a quien lo necesita no significa entregar la llave de casa.

    Y defender la puerta de casa no significa odiar a quien llama.

    Ese es el debate que demasiados prefieren evitar.

    Y quizá por eso resulta tan difícil leer hoy El campamento de los santos sin encontrar, escondidos entre sus páginas, a Ceuta, a Marruecos, a los medios afinados, al Gobierno, al PSOE, a Pedro Sánchez, a las organizaciones humanitarias y, sobre todo, a los ceutíes.

    A los ceutíes, siempre a los ceutíes.

    Los que viven allí.

    Los que reciben el golpe.

    Los que soportan la presión.

    Y los que, además, tienen que escuchar desde la distancia que quizá deberían sentirse afortunados de estar dando una lección de solidaridad.

    La cuestión es sencilla.

    La solidaridad no puede consistir en exigir siempre el sacrificio de los mismos.

    Y Ceuta lleva demasiado tiempo pagando la factura.

    Bibliografía
    — Jean Raspail, El campamento de los santos (1973).
    — Michel Houellebecq, Sumisión (2015).

    Porque la literatura puede ser ficción.

    Pero las fronteras, los ciudadanos y las consecuencias de las decisiones políticas son terriblemente reales.

  • Ceuta: cuando la “normalidad” consiste en mirar hacia otro lado

    Ceuta: cuando la “normalidad” consiste en mirar hacia otro lado

    Una ciudad desbordada, miles de personas atrapadas en la precariedad y un Gobierno empeñado en explicarnos que todo está bajo control. Quizá el problema sea que los que viven allí no han recibido todavía el guion de la normalidad.

    Hay fotografías que explican una crisis mucho mejor que cien ruedas de prensa. En Ceuta hay personas durmiendo en playas, calles y espacios improvisados; hay menores que necesitan protección; hay ciudadanos que están intentando ayudar con alimentos, ropa y productos básicos; y hay una ciudad que lleva días intentando absorber una presión migratoria que ha desbordado sus recursos.

    Inmigrantes duermen en mantas y colchones improvisados en un paseo marítimo de Ceuta

    Pero, tranquilos: todo está normal.

    Lo dice el relato oficial. Lo dice, con diferentes matices, esa liturgia política según la cual cualquier problema parece solucionarse cambiándole el nombre.

    No es una crisis: es una “situación compleja”.

    No es un desbordamiento: es una “contingencia migratoria”.

    No es una frontera incapaz de controlar una entrada masiva: es un “episodio extraordinario”.

    Y, por supuesto, no es responsabilidad de nadie.

    Porque en España hemos perfeccionado una técnica política extraordinaria: cuando algo funciona mal, se crea una comisión; cuando funciona peor, se anuncia un plan; y cuando directamente se desborda, se organiza una rueda de prensa para explicar que la situación está “controlada”.

    Mientras tanto, que los ceutíes se tranquilicen.

    El drama que no debería necesitar ideología

    Empecemos por lo evidente.

    Hay seres humanos en Ceuta que están viviendo una situación dramática.

    Personas que han cruzado desde Marruecos buscando una vida mejor y que ahora se encuentran atrapadas en una especie de limbo. Algunas duermen al raso. Otras carecen de recursos básicos. Los servicios de acogida están desbordados y la población local está colaborando para cubrir necesidades que, en una emergencia de estas dimensiones, difícilmente deberían recaer exclusivamente sobre la solidaridad espontánea de los vecinos.

    Y especialmente preocupante es la situación de los menores.

    A finales de julio, Ceuta ya había pasado de 210 menores tutelados a 472 en apenas dos semanas, con una sobreocupación declarada del sistema del 1.600%.

    Llegada masiva de inmigrantes a una playa de Ceuta junto a la frontera con Marruecos

    Después llegó la entrada masiva.

    El Gobierno ha contabilizado 1.342 menores extranjeros no acompañados y las estimaciones de organizaciones sociales son incluso superiores. La capacidad ordinaria de los recursos quedó completamente superada.

    Aquí no debería haber trincheras ideológicas.

    Un menor abandonado en una calle de Ceuta no es de izquierdas ni de derechas.

    Tiene derecho a protección.

    Punto.

    Pero precisamente porque el problema humanitario es real, también resulta legítimo preguntar por qué se ha permitido que la situación llegue hasta aquí.

    Porque una cosa es defender los derechos de quien llega.

    Y otra muy distinta es considerar que la existencia de esos derechos convierte automáticamente en inexistente el derecho de una ciudad a tener una frontera controlada, unos servicios públicos capaces de funcionar y unos ciudadanos que puedan vivir normalmente.

    Y después están los ceutíes

    Hay una parte de esta historia que parece incomodar especialmente.

    Los ceutíes.

    Porque resulta que Ceuta no es un decorado para los informativos. Allí vive gente.

    Hay comerciantes.

    Hay trabajadores.

    Hay familias.

    Hay niños.

    Hay personas que quieren salir a pasear, ir a la playa, abrir sus negocios, utilizar los espacios públicos y vivir sin tener permanentemente la sensación de estar dentro de una crisis que otros observan desde la distancia.

    El entrenador del Ceuta, José Juan Romero, ha llegado a expresar públicamente su malestar por la situación y por el impacto que está teniendo sobre la vida cotidiana de la ciudad.

    Y esto debería hacernos pensar.

    Porque cuando una persona de Ceuta dice que familiares y conocidos evitan determinadas zonas o que la situación está condicionando su vida cotidiana, quizá no sea necesario responderle desde Madrid con una estadística.

    Quizá habría que escucharla.

    Multitud de ciudadanos se concentra en Ceuta con banderas de España y pancartas sobre la situación de la ciudad

    La solidaridad no puede convertirse en una carretera de un solo sentido.

    También hay que ser solidario con quien vive allí.

    Y eso no convierte a nadie en xenófobo.

    La frontera también existe

    Durante años se ha hablado de Ceuta y Melilla como si fueran una cuestión secundaria.

    Hasta que un día la frontera deja de ser una línea dibujada en un mapa y se convierte en una avalancha de personas intentando entrar.

    Entonces descubrimos que las fronteras existen.

    Qué sorpresa.

    La cuestión es que una frontera no puede funcionar solamente cuando todo está tranquilo.

    Una frontera sirve precisamente para controlar las situaciones extraordinarias.

    Y aquí aparece una de las preguntas más incómodas: ¿qué información tenía el Gobierno antes de que se produjera la entrada masiva y qué se hizo con ella?

    Porque si había informes, advertencias o señales de que podía producirse una situación de estas características, habrá que explicar por qué no se actuó antes.

    Y si nadie lo sabía, habrá que explicar cómo puede ser que nadie lo supiera.

    Lo que no parece razonable es descubrir la gravedad del problema cuando las personas ya están dentro.

    Eso no es prevención.

    Eso es reaccionar.

    Y reaccionar tarde también es una forma de política.

    El ministro Marlaska y Representantes de las fuerzas de seguridad durante una comparecencia sobre la situación migratoria en Ceuta
    El ministro Marlaska y Representantes de las fuerzas de seguridad comparecen ante los medios para informar sobre la situación migratoria y la presión sobre la frontera de Ceuta.

    Marruecos: socio fiable, frontera imprevisible

    Durante años se nos ha explicado que Marruecos es un socio estratégico, fiable y fundamental para España.

    Perfecto.

    Los socios estratégicos son necesarios.

    Pero precisamente por eso habría que poder formular preguntas incómodas.

    ¿Qué ocurre cuando miles de personas atraviesan la frontera?

    ¿Qué mecanismos existen para impedirlo?

    ¿Qué compromisos concretos existen?

    ¿Qué garantías tenemos?

    Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando esos mecanismos fallan?

    Porque la diplomacia está muy bien para las fotografías, las cumbres y los comunicados.

    Pero una frontera no se controla con fotografías.

    Se controla con medios, coordinación, vigilancia, capacidad operativa y decisiones políticas.

    Y si todo eso falla, alguien tiene que asumir la responsabilidad.

    El silencio selectivo del “buenismo”

    Y llegamos a una cuestión todavía más incómoda.

    ¿Dónde están ahora algunos de los grandes defensores de las movilizaciones cuando el problema no ocurre en abstracto, sino delante de las casas de miles de españoles?

    ¿Dónde están las grandes protestas?

    ¿Dónde están los piquetes?

    ¿Dónde están las flotillas?

    ¿Dónde están las campañas internacionales?

    ¿Dónde está la indignación permanente?

    Quizá el problema sea que la realidad tiene la mala costumbre de no respetar los argumentarios.

    Es fácil decir desde un plató que hay que abrir las fronteras.

    Es bastante más complicado explicar qué hacemos cuando una ciudad de poco más de 18 kilómetros cuadrados recibe de golpe una presión migratoria que sus servicios no pueden absorber.

    Es muy fácil decir “acoger”.

    Mucho más difícil es responder quién acoge, dónde, durante cuánto tiempo, con qué recursos y bajo qué condiciones.

    Y todavía más difícil explicar qué hacemos después.

    Porque el progresismo de salón funciona estupendamente mientras el problema aparece en una pantalla.

    Cuando aparece delante de la puerta de casa, el discurso suele adquirir una sorprendente colección de matices.

    Ni xenofobia ni ingenuidad

    Hay que decirlo claramente.

    Quien llega en condiciones desesperadas merece ayuda.

    Pero ayudar no significa aceptar que una frontera deje de existir.

    Proteger a un menor no significa renunciar al control migratorio.

    Defender la dignidad de un inmigrante no significa negar los derechos de los ciudadanos que ya viven en Ceuta.

    Agentes de la Policía Nacional intervienen en una playa de Ceuta ante la llegada de inmigrantes por mar

    Y pedir seguridad no convierte automáticamente a nadie en racista.

    Del mismo modo, utilizar una crisis migratoria para alimentar odio contra cualquier extranjero tampoco es aceptable.

    Hay que poder defender simultáneamente humanidad y fronteras.

    No son conceptos incompatibles.

    Lo verdaderamente irresponsable es convertirlos en enemigos.

    ¿Y ahora qué?

    El Gobierno ha anunciado refuerzos policiales y medidas para acelerar determinados procedimientos de expulsión, mientras estudia soluciones para trasladar a menores a otros territorios.

    Pero la pregunta sigue siendo la misma:

    ¿Qué se va a hacer para que esto no vuelva a ocurrir?

    Porque enviar policías después de que se produzca una entrada masiva puede ser necesario.

    Pero no sustituye a la prevención.

    Y anunciar medidas después de que la ciudad esté desbordada no convierte automáticamente la gestión anterior en buena gestión.

    Tampoco parece suficiente repetir que “Marruecos es un socio fiable”.

    Los ciudadanos necesitan algo más que una frase diplomática.

    Necesitan saber que la frontera es efectivamente una frontera.

    Y necesitan comprobarlo.

    Las preguntas que nadie debería poder esquivar

    Por eso quizá haya llegado el momento de dejar de discutir exclusivamente sobre etiquetas y empezar a exigir respuestas.

    ¿De verdad todo lo ocurrido en Ceuta no tiene importancia?

    ¿De verdad se puede hablar de normalidad cuando los recursos de acogida están desbordados y hay personas viviendo en condiciones precarias?

    ¿De verdad alguien cree que basta con repetir que Marruecos es un socio fiable cuando una entrada masiva ha puesto en jaque a la ciudad?

    ¿No debería existir una estrategia de Estado, acordada por todos los grandes partidos, para defender la soberanía, controlar las fronteras y garantizar la seguridad de Ceuta?

    ¿No debería España exigir a la Unión Europea que considere Ceuta una frontera europea y no una periferia incómoda que aparece en las noticias cuando hay una crisis?

    ¿Debe procederse al retorno de las personas que hayan entrado irregularmente cuando legalmente corresponda, con todas las garantías y respetando las obligaciones internacionales?

    Y hay una pregunta todavía más incómoda.

    Si tantas personas arriesgan su vida para abandonar Marruecos y, una vez en Ceuta, muchas de ellas prefieren permanecer en condiciones miserables antes que regresar, ¿no significa eso que su situación de origen es verdaderamente dramática?

    Naturalmente que sí.

    Pero de ahí surge otra pregunta:

    ¿Debe ser España quien pague indefinidamente el precio de la miseria, la falta de oportunidades o las deficiencias estructurales de otros países?

    España debe ayudar.

    Europa debe ayudar.

    Hay que proteger al vulnerable.

    Pero también hay que proteger a quien ya vive aquí.

    Porque una política migratoria responsable no puede basarse ni en el “que entren todos” ni en el “que se vayan todos”.

    Tiene que basarse en algo mucho más incómodo:

    ley, control, humanidad, recursos y responsabilidad.

    Y quizá ese sea precisamente el problema.

    Que gobernar consiste en tomar decisiones.

    Y algunas decisiones no caben en un eslogan.

    Mientras tanto, en Ceuta, los ciudadanos siguen esperando que alguien les explique por qué aquello que ven con sus propios ojos no coincide demasiado con la “normalidad” que escuchan desde los despachos.

    Quizá porque desde un despacho es muy fácil hablar de normalidad.

    Desde una playa llena de personas sin techo, desde un comercio que no puede abrir o desde una familia que ha dejado de sentirse tranquila en su propia ciudad, la palabra puede sonar bastante diferente.

    Ceuta no necesita discursos tranquilizadores. Necesita respuestas.

    Y, sobre todo, necesita que España deje de descubrir sus fronteras solamente cuando las fronteras ya han sido desbordadas.

  • La diplomacia de la ocurrencia: Cómo convertir la política exterior de España en un club de fans personal

    La diplomacia de la ocurrencia: Cómo convertir la política exterior de España en un club de fans personal

    Hay una máxima no escrita en las democracias maduras que sostiene que las cosas del comer —es decir, la defensa, la posición estratégica y las relaciones exteriores— no se juegan a la ruleta rusa en el tablero de la política doméstica. La política exterior de un país solía ser una cuestión de Estado: fría, calculada, negociada en despachos discretos y respaldada por consensos parlamentarios amplios. Solía serlo. Hoy en España, la diplomacia se parece más a una serie de telerrealidad grabada desde el Palacio de la Moncloa, donde las decisiones estratégicas de alcance decenal se toman entre desayuno y desayuno, sin consultar a la oposición, sin pasar por el Congreso y, desde luego, sin preocuparse demasiado por las facturas que luego nos llegan a todos los demás.

    En los últimos tiempos asistimos con una mezcla de perplejidad y resignación a la transformación de la presencia internacional de España en una gigantesca pasarela de autoafirmación ideológica. El objetivo ya no parece ser el interés general de los ciudadanos ni la defensa sólida de nuestros límites territoriales, sino el aplauso encendido en las convenciones del sector más hiperventilado de la izquierda internacional y el posicionamiento en la quiniela para presidir la Internacional Socialista. El problema es que los fuegos artificiales diplomáticos duran pocos segundos, pero los daños colaterales en la relevancia de España duran décadas.

    El giro copernicano en el Magreb: Marruecos manda, Argelia cobra

    Si hay un monumento a la unilateralidad y al desconcierto estratégico, ese es el giro histórico respecto al Sahara Occidental. Un buen día, mediante una carta enviada a Rabat de la que los españoles nos enteramos casi por la prensa del país vecino, el Gobierno decidió dinamitar la posición de neutralidad activa que España había mantenido durante casi medio siglo. Todo ello sin debate parlamentario, sin informar al socio principal de la oposición y sin pestañear.

    ¿El resultado de semejante genialidad táctica? Rabat acogió el gesto con la cortesía de quien se sabe ganador y, lejos de sellar definitivamente el respeto a la integridad territorial española, ha continuado ejerciendo la presión migratoria como palanca política sobre la frontera sur. Las escenas vividas en Ceuta y la constante presión sobre la soberanía de las plazas africanas son un recordatorio permanente de que conceder gratis a cambio de nada en diplomacia no genera aliados, sino clientes insaciables.

    Y mientras en Rabat se descorchaba champán, en Argel la indignación provocó la suspensión del tratado de amistad y el bloqueo de transacciones comerciales que dejaron a las empresas españolas en fuera de juego durante meses. Cambiamos la estabilidad energética y comercial con Argelia por una palmada en la espalda de Marruecos que dura exactamente lo que tarda en organizarse la siguiente oleada migratoria en la valla. Un negocio brillante, sin duda.

    Ilustración editorial que representa a España aislada frente a una cumbre de la Unión Europea y la OTAN, simbolizando el debate sobre la pérdida de influencia internacional y las consecuencias de determinadas decisiones del Gobierno español.

    Cruzadas unilaterales: De Palestina al aislamiento en la UE

    La misma querencia por el titular efectista se ha trasladado al escenario de Oriente Medio. Nadie discute la urgencia humanitaria ni la necesidad de buscar soluciones pacíficas a conflictos sangrientos, pero la diplomacia internacional requiere cálculo de tiempos, alianzas cruzadas y coordinación europea. España, sin embargo, prefirió arrojarse a la piscina antes de comprobar si había agua, encabezando reconocimientos y declaraciones unilaterales que nos aislaron de la corriente central de la Unión Europea y de nuestros socios de la Alianza Atlántica.

    Buscando liderar el discurso del progresismo global, el Ejecutivo provocó tensiones diplomáticas directas con socios de primer orden y desalineó a España de las posiciones comunes que habitualmente pactan Alemania, Francia u otras potencias comunitarias. Ganamos, eso sí, una mención encomiástica por parte de facciones radicales y portadas muy vistosas en medios internacionales de nicho. Perdimos, a cambio, la capacidad de actuar como un mediador creíble e influyente en los verdaderos foros de negociación. Es la trampa de la diplomacia performativa: el aplauso dura un minuto; la pérdida de confianza de tus aliados tradicionales dura años.

    Ilustración editorial que contrapone la llegada masiva de inmigrantes por vía marítima con la Ley de Nietos y la concesión de la nacionalidad española a descendientes, simbolizando el debate sobre la inmigración y las políticas de nacionalidad en España.

    La soberanía por decreto: Inmigración desbordada y la «Ley de Nietos»

    La falta de una estrategia exterior consensuada se traduce directamente en la realidad cotidiana de los ciudadanos. La política migratoria ha dejado de ser una herramienta coordinada de gestión de flujos para convertirse en un ejercicio de retórica buenista desprovisto de medios, planificación e infraestructuras. Mientras las comunidades autónomas y los municipios se ven colapsados ante la llegada constante de personas en situaciones extremas, la respuesta gubernamental oscila entre el reparto improvisado y la acusación de insolidaridad a quien pide rigor y control.

    A esto se suma la deriva de la disposición adicional de la Ley de Memoria Democrática, conocida popularmente como la «Ley de Nietos». Concebida sobre el papel para reparar injusticias históricas, se ha terminado convirtiendo en una vía masiva de concesión de la nacionalidad española en el exterior sin exigencias reales de arraigo, reciprocidad o vinculación efectiva con la sociedad española actual. Decenas de miles de nuevos expedientes se tramitan en consulados colapsados, regalando el estatus de ciudadano de la UE mientras se ignora el impacto presupuestario, fiscal y asistencial que estas decisiones unilaterales tendrán en los servicios públicos del futuro.

    Ilustración editorial dividida en dos escenas que contrapone la presencia de España en fotografías institucionales durante una cumbre internacional con una representación simbólica de su escasa participación en las decisiones de la Unión Europea y la OTAN.

    La irrelevancia en la cumbre: Sonrisas para el selfi, silencio en la mesa de decisiones

    ¿En qué se traduce todo este voluntarismo diplomático cuando llega la hora de la verdad? En una pérdida progresiva pero innegable de peso específico. Nos encontramos en una época de altísima inestabilidad geopolítica, donde se están reconfigurando la seguridad europea, las rutas comerciales y las alianzas industriales del siglo XXI. En las grandes cumbres de la OTAN y de la Unión Europea, el papel de España se ha reducido drásticamente.

    Mientras las potencias continentales toman las decisiones complejas en materia de gasto militar, defensa autónoma europea o alianzas estratégicas con la cuenca del Atlántico y el Indo-Pacífico, a España le queda el papel de figurante entusiasta. Eso sí, con un manejo impecable de la fotogenia. Somos los primeros en hacernos la foto de familia y en sonreír en el pasillo, pero los últimos en influir en las actas finales. Se ha confundido la presencia mediática del presidente con la relevancia geopolítica del Estado.

    ¿Política de Estado o plataforma personal?

    Gobernar a golpe de decreto en política exterior, ignorando las exigencias de consenso con las fuerzas parlamentarias mayoritarias, puede dar dividendos a corto plazo en las encuestas internas o asegurar una posición cotizada en los organismos internacionales cuando toque abandonar la Moncloa. Sin embargo, las consecuencias de fracturar la posición de un país las terminan pagando las empresas que exportan, los ciudadanos que financian el estado del bienestar y la propia seguridad nacional.

    La política exterior no le pertenece al inquilino circunstancial de la Moncloa. Es el patrimonio de todo un país y la garantía de su futuro en un mundo convulso.

    Queremos saber tu opinión: ¿Qué rumbo debe tomar España?

    Llegados a este punto, la pregunta es obligada para el lector que observa cómo se decide el lugar de España en el mundo sin que nadie le haya consultado:

    1. ¿Crees que el Gobierno está en lo correcto al asumir un papel de liderazgo unilateral en causas internacionales, aunque esto suponga distanciarse de nuestros socios habituales de la UE y la OTAN?
    2. ¿Consideras que decisiones clave como el cambio de postura sobre el Sahara o la política migratoria deberían requerir un acuerdo obligatorio entre los principales partidos del arco parlamentario antes de ser aprobadas?
    3. ¿Crees que la imagen exterior de España ha mejorado su influencia real en el mundo o que hemos ganado en titulares ideológicos a costa de perder peso estratégico e integridad territorial?

    Déjanos tu comentario abajo y súmate al debate.